[Contra]públicos

Hay un tema que nunca ha estado presente en los debates del arte español: la inclusión. En un país donde la pobreza nunca ha desaparecido, al contrario, desde el inicio de la crisis se ha multiplicado; donde en pocas décadas hemos pasado de tener dos millones de emigrados españoles en el extranjero a recibir cinco millones de inmigrantes, siete si contamos los nacionalizados; donde hay una comunidad, los gitanos, que lleva cinco siglos soportando violencias sistemáticas; en un país donde los desequilibrios parecen irremediables y hay unos problemas de exclusión que garantizan futuras explosiones sociales, el debate sobre la inclusión nunca ha estado presente ni en la obra de los artistas ni en el discurso de las instancias públicas.

El mapa institucional de Madrid es explícito en este sentido: una altísima concentración de museos en el centro de la ciudad, destinados a dotarlo de contenido turístico, y ningún proyecto que atienda a las bolsas de exclusión que persisten y crecen no sólo en la periferia, sino en esas mismas zonas privilegiadas por la cultura. Incluso los dos espacios “excéntricos”, Matadero y CA2M, tienen una vocación contraria a la que inicialmente podríamos suponer por su ubicación. Matadero es parte de una agenda de gentrificación que enviará nuevos marginados a márgenes más lejanos, y el programa del CA2M se ajusta a los estándares más bajos del mainstream, ignorando que el territorio es en realidad su factor más determinante. De hecho, ninguna institución cultural de Madrid dispone de la metodología necesaria para establecer el diálogo con eso que llaman “nuevos públicos”. Además tengo la impresión que los nuevos públicos se entienden como audiencias a captar, como bolsas de población que podrían consumir los mismos productos que ya se están ofreciendo, y que para llegar a ellas sólo hacen falta un marketing más potente y programas pedagógicos que los introduzcan en los lenguajes al uso.

En realidad los nuevos públicos no son audiencias que se puedan captar, porque no son nuevos, son “otros”. Incluirlos supondría construir — facilitar que construyan — otros espacios con otros contenidos. En cierta ocasión escuché en una seminario en el Reina Sofía que no hay un afuera (¿del arte, de la institución, de la política?), pero yo he visto siempre más afueras que adentros. Quizás la experiencia de haber vivido tanto tiempo en México me ha hecho más sensible a esos afueras, porque allí son insultantemente obvios. Los nuestros se disimulan, se disfrazan o se criminalizan, lo único que no se hace es pensar en incluirlos.

El concepto de contrapúblico, desarrollado por la socióloga norteamericana Nancy Fraser en un contexto muy diferente, define bien la naturaleza de estos afueras:

… Miembros de grupos sociales subordinados — mujeres, trabajadores, gente de color, gays y lesbianas — han encontrado ventajoso repetidamente el constituirse en públicos alternativos. Propongo llamar a estos subalternos “contrapúblicos”, para señalar que son arenas discursivas paralelas donde los miembros de grupos sociales subordinados inventan y circulan contra-discursos, para formular interpretaciones discrepantes de sus identidades y necesidades. (Fraser 1992)

A lo que el también norteamericano Michael Warner añade:

Un contrapúblico mantiene igualmente, lo sepa o no, conciencia de su estatus subordinado. El horizonte cultural contra el que se señala a sí mismo no es sólo uno general (…) El discurso que lo constituye no es meramente un idioma diferente o alternativo, sino uno que en otros contextos se vería con hostilidad. (Warner 2002)

Traté este tema por primera vez en el ensayo Micromuseos, en 2006.

El concepto de Antimuseo deriva directamente de este término. Frente a la propuesta del Ojo Atómico a principios de los años 90, cuando aún era importante crear un espacio de experimentación para los artistas, puesto que instituciones y mercado se mostraban, en el mejor de los casos, poco interesados por una renovación formal que se fraguaba lejos de las técnicas tradicionales como la pintura y la escultura, a mitad de la primera década del siglo XXI dichas innovaciones ya habían sido fagocitadas por el sistema y lo que emergía como un nuevo desafío era crear un espacio que fuese alternativo para el público, no para los artistas. Construir espacios donde otros públicos, los contrapúblicos, pudiesen tomar forma y adquirir conciencia de sí y agencia. No se trataba de enseñar, de atraer, sino de aceptar el afuera como un lugar donde también se produce cultura.

La serie de experiencias que iniciamos para aterrizar esta teoría en una práctica artística — me desagrada el término curatorial — culminaron con el Centro Portátil de Arte Contemporáneo, proyecto que se desarrolló en la Ciudad de México en 2008/2009. No es éste el lugar para un análisis en profundidad del CPAC. En términos generales funcionó como esperábamos y nos dio las pautas para comprender mejor los mecanismos de exclusión del museo e iniciar una nueva etapa de investigación, que quizás tome forma en un futuro próximo.

Volviendo a Madrid, el modelo desarrollado por los gobiernos del Partido Popular ha concentrado enormes recursos en muy pocas infraestructuras y ha tendido a producir un espacio de consumo en el centro de la ciudad; o dicho a la inversa, a fomentar el consumo de determinados espacios urbanos. La periferia ha quedado invisibilizada, en tanto que se da por hecho que sus habitantes deben desplazarse al centro a consumir — espacio y cultura, entre otras mercancías. Aquellos que no pueden o no quieren acercarse al centro no cuentan, son superfluos para una articulación urbana que busca la maximización de beneficios. Colectivos cada vez mayores de jóvenes sin empleo, inmigrantes de distintos grupos étnicos, personas en el umbral de la pobreza, etc. habitan este espacio segregado, sin posibilidades de construir sus propias identidades a través de sistemas expresivos — de la cultura — de constituirse como contrapúblicos. Es una violencia cultural que desemboca de manera casi inevitable en violencia material, como hemos visto en repetidas ocasiones en París y Londres. Las soluciones que aporta el estado español, no hace falta decirlo, son policiales.

Sin embargo hay otras opciones, y son opciones que se construyen desde el arte y la cultura.  Este es un tema que no tiene nada que ver con el análisis de los espacios alternativos versus instituciones formales que he venido desarrollando hasta ahora, donde todo el juego estaba en una campo social conocido y de alguna manera amistoso. La crítica de las políticas culturales de Madrid requiere una reflexión que vaya más allá del arte como lo hemos estado entendiendo hasta ahora, incluso por parte de los creadores más políticos, y que traslade el debate a los lugares que no son para el arte, que no necesitan al arte, y que no han interesado nunca al arte y los artistas.

Después de la Semana Santa empezaré a publicar una serie de entrevistas que abordan temas concretos — inclusión social, equidad de género, pedagogía… —  para abrir una fase propositiva en esta serie de textos. La primera de ellas con Liliana López Borbón, académica de origen colombiano afincada en la Ciudad de México, con una amplia experiencia en inclusión social y en prevención del delito a través de la cultura.

Como bono por un artículo tan breve incluyo un vídeo que realicé hace dos años, donde expongo de manera más gráfica mis críticas sobre el Madrid que se ha construido bajo los gobiernos del Partido Polular:



La franja de tolerancia

Este artículo presenta desde otra perspectiva algunas reflexiones que ya han aparecido en los textos anteriores, en especial en “El margen como espacio de apertura radical” y en los tres dedicados a los espacios de arte que necesita y no necesita Madrid. La noción de franja de tolerancia es útil para profundizar en los conceptos que estoy desarrollando en esta serie de textos y facilita conectarlos con propuestas concretas de políticas culturales.

La franja de tolerancia es un “espacio” de dimensiones variables que cada sociedad establece entre los comportamientos generalmente aceptados y los que se pueden considerar peligrosos, es decir, los que desde el punto de vista de una mayoría hegemónica suponen algún tipo de amenaza para el mantenimiento del statu quo. Es un umbral donde lo nuevo, lo inusual, lo heterodoxo, puede coexistir con lo “normal” sin que se produzcan conflictos.

Podemos imaginar esta estructura como una serie de círculos concéntricos: el sector hegemónico, que no es necesariamente una mayoría, ocupa el centro. Desde ese centro se establecen las prácticas sociales, culturales, económicas, sexuales, etc., por las que se rige la la comunidad. Es donde reside el poder instituyente. Pero sus límites pueden ser borrosos, porque a su alrededor es donde vamos a encontrar esta franja de tolerancia, que imaginaremos como un anillo que lo rodea. En ella la sociedad va a tolerar, que no aceptar, comportamientos que son infrecuentes, transgresores o excéntricos — nunca mejor dicho. Prácticas que para el grupo hegemónico son censurables, pero que no llegar a ser prohibidas y perseguidas porque no se perciben como una amenaza real. Es el espacio donde habitan las innovaciones artísticas, científicas, sociales y políticas. Este espacio es muy amplio en las sociedades dinámicas, pero puede ser casi inexistente en otras que han entrado en una fase regresiva o que se rigen por verdades absolutas, sean de tipo religioso o político. La parte exterior del anillo que hemos imaginado para representarnos la franja de tolerancia también es borrosa, se funde con una zona obscura donde lo social se rompe. Es donde están los comportamientos asociales y delictivos. Lo prohibido, lo inaceptable, el tabú.

Por ejemplo, hace cinco siglos en la Europa católica el cuestionamiento de las hipótesis científicas de la Biblia — como el heliocentrismo planteado por Galileo — estaba más allá de la franja de tolerancia. Galileo fue juzgado por sus tesis y tuvo que retractarse públicamente para evitar el castigo. Pero en los países protestantes se estableció una franja mayor que facilitó el avance de la ciencia tal como la entendemos hoy. Gracias es este factor el poder político y económico de Europa se desplazó del sur hacia el norte.

Hace poco más de un siglo en occidente la franja de tolerancia para determinados comportamientos de las mujeres era casi inexistente: la educación superior, la independencia económica y no digamos la libertad sexual quedaban más allá de lo tolerable. Diversas limitaciones y castigos, desde la hoguera para las brujas en el Barroco a la prohibición de ejercer profesiones liberales y cargos públicos todavía en el siglo XX, obligaban a las mujeres a permanecer en el centro hegemónico, sometidas, o a salirse completamente de la sociedad, a la zona obscura, para vivir en el delito o el pecado: brujas, prostitutas y revolucionarias. No había esa opción intermedia donde las mujeres pioneras han sido estigmatizadas, pero no reprimidas. El ejemplo más obvio en la actualidad es el de los homosexuales de ambos sexos: hasta tiempos muy recientes la homosexualidad estaba prohibida en la mayor parte de los países occidentales. Los más avanzados la toleraban, era una práctica inscrita en la franja de tolerancia, pero no la aceptaban como normal. Los gays podían desplegar sus prácticas sociales específicas, como ligar, en espacios marginales — la “producción del espacio” reaparece aquí inesperadamente — de manera semi-secreta y siempre con la presión del centro hegemónico, que en ocasiones se materializaba, y por desgracia se sigue materializando, en forma de agresiones homófobas. Sólo recientemente hemos visto una progresiva equiparación de las prácticas homo a las hetero, cuya expresión legal es el matrimonio gay.

Traslademos ahora este esquema a la cuestión que nos interesa, que es la renovación de las políticas culturales en Madrid. Durante las tres últimas décadas se han sucedido en nuestra ciudad una serie de experiencias relacionadas con la producción y exhibición del arte, desde los espacios alternativos de arte propiamente dichos a los centros sociales autónomos y las intervenciones en espacios públicos. Paralelamente, insisto en que sólo hablo de cuestiones relacionadas con el arte contemporáneo, se han instituido dos grandes núcleos de poder: ARCO, desde 1982, y el Reina Sofía, desde 1988. La falta de espacios de arte de dimensiones menores o más especializados delata la estrechez de la franja de tolerancia en este caso. Ambas instituciones, que no dejan de estar en tensión entre ellas, ocupan el centro del esquema. Encarnan el poder bicéfalo y un tanto esquizo característico del arte: lo privado y lo público, el mercado y el estado, el valor de cambio y el valor de uso. Pero más allá de esta pseudodialéctica, que es en realidad un elemento constitutivo de la sociedad burguesa, en el mismo periodo, es decir, durante el proceso de asentamiento y desarrollo de la democracia española, ha habido innúmeras prácticas relacionadas con el arte que se han situado fuera de los límites que ARCO o el Reina han establecido para lo artístico. Estos límites, no hace falta decirlo, son completamente arbitrarios. Para ARCO los imponen las fuerzas naturales del mercado, la ley de la oferta y la demanda: es el mercado, ciego, impersonal, imposible de controlar, quien elige o desecha y asigna valor de cambio a las obras de arte. Para el Reina, como encarnación genérica del museo, hay una exigencia de rigor científico que obliga a establecer paradigmas de calidad, a imponer criterios de corte académico que restrinjan el ámbito de actuación de la sociedad a la hora de generar sus propias representaciones visuales.

Pero como decíamos, por otro lado un variopinto repertorio de proyectos alternativos o independientes han planteado límites más amplios o una relativa ausencia de ellos. No es necesario decir que la innovación se da casi de manera exclusiva en este ámbito. El performance encuentra su primer hogar en Espacio P, Estrujenbank y los Festivales de Performance de los 90; la instalación y el site specific en el Ojo Atómico. El videoarte también Espacio P. Otras prácticas se desarrollan en la calle: stencil político, intervenciones sobre imágenes publicitarias, acciones al borde de la legalidad… La primera exposición que cuestiona la monarquía se organiza en el Legado Social de DEFconDos en 1991: Una corona para la infanta. Etcétera. En aquella misma época los críticos más importantes, como Calvo Serraller o Fernando Huici, se empeñaban en demostrar que todo lo que quedaba más allá de la pintura no era arte y que consecuentemente la Documenta de Kassel era una farsa. También en los primeros 90 se desató una tormenta contra la muestra Cocido Crudo, que introducía por primera vez en un museo lenguajes que ya estábamos usando en los espacios alternativos. Rosa Olivares llegó a escribir en Lápiz que “el problema es que en esta exposición hay muchas ideas pero muy poco arte”[1].

La franja de tolerancia para los espacios de arte es amplia, en lo que se refiere a la sociedad en su conjunto, dado su carácter semicríptico y un tanto exclusivo. Pero con el mundo del arte ocurre lo contrario: las prácticas alternativas amenazan un statu quo que va más allá de los intereses particulares de la élite académica y comercial, porque el arte es uno de los grandes aparatos de producción de imaginario. Su control es necesario para modelar el sistema de símbolos en que se basa lo social. No es el único ni el que más alcance tiene, comparado por ejemplo con la televisión, pero por otros motivos es una institución central, como podemos constatar tanto por el protagonismo de los museos en las ciudades actuales, como por los desmesurados precios de las obras de arte.

El mundo del arte español ha sido tradicionalmente muy hostil con las iniciativas independientes. Ni al establishment cultural ni a los políticos les gusta demasiado que la sociedad invente modelos propios. La dictadura de Franco, instruida por el Congress for Cultural Freedom[2], convirtió el arte en un asunto de Estado. Y como en otros ámbitos, la Transición artística se ha quedado a medio camino.

Para mí es obvio que la franja de tolerancia es el lugar donde debe ubicarse el artista. Aún más, su obra debe ampliarla, empujar el límite hacia lo desconocido. Pero éste es otro tema. La cuestión aquí es cómo se hace permeable en este sentido un recinto institucional, sometido a los protocolos de gestión del Estado, vigilado por policías armados y que aún basa su legitimidad en el viejo sueño ilustrado de una cultura universal. ¿Es eso posible? Creo que no. Las implicaciones políticas de cualquier incidente — incluso la nimiedad de que un artista se fume un porro — son excesivas. Un espacio institucional tiene un ámbito de acción limitado, no puede plantear ni todos los debates ni dar cabida a todas las obras, no puede asumir las indefiniciones y riesgos que se dan en la franja de tolerancia. El espacio institucional va a estar siempre dentro del círculo de la hegemonía, porque interpela a un público universal (inexistente), pero en realidad debe responder ante ese centro normativo de la sociedad, en el sobreentendido de que sus normas son igualmente universales. Los espacios independientes en cambio interpelan a contrapúblicos, a colectivos que tienen problemas y preguntas concretas que tal vez no toda la sociedad comprenda ni comparta. Ni falta que hace.

El primer compromiso de una política cultural progresista debe ser comprender y gestionar la franja de tolerancia, para que en la calle ocurra aquello que no se puede planificar desde un despacho. Significa asumir riesgos y enfrentar conflictos, pero supone también abrir los cauces para que la sociedad innove. Para que entren en juego nuevos actores y se articulen respuestas originales para problemas inéditos.


[1] Cito de memoria, en la biblioteca del Reina se puede consultar el libro de prensa de esta exposición, aunque algún crítico arrepentido ha hecho desaparecer varias páginas.
[2] Era el brazo cultural del servicio secreto norteamericano en los años 50 y trajo a España dos exposiciones de expresionistas abstractos. He hablado brevemente sobre esto en el artículo Creación artística y memoria histórica: http://www.valf.com.mx/archiv/nov13/arteymemoria.html

Arte y espacio público

Una de las grandes enseñanzas que ha nos ha dejado el 15M es la necesidad de construir nuevos espacios para las prácticas políticas, sociales y culturales. Espacios que podemos llamar públicos si queremos, pero cuyo adjetivo en realidad no es tan importante. La emergencia de nuevas formas de hacer política se refieren sobre todo a esto, a que los espacios de representación tradicionales, como el parlamento, han perdido su legitimidad y la sociedad busca nuevos cauces para hacer política. Necesitamos por tanto construir otro tipo de espacios. Boaventura de Sousa Santos compara el antiguo espacio público con un teatro donde se escenificaban unas reivindicaciones que estaban siempre dirigidas a otros espacios. Pero ahora, “El espacio público del movimiento de los indignados hoy es el espacio en sí mismo, el propio espacio es el valor, es la cuestión de la arena política⁠.” (1) Este concepto es fundamental porque vincula la emergencia de una nueva forma de hacer política a la construcción de otros espacios (públicos) urbanos.

No es que no haya habido antes protestas y acampadas en la calle, ésta es una constante desde que la industrialización convirtió las ciudades en parte del aparato de producción capitalista. Recordemos, sin ir muy lejos, los seis meses que los trabajadores de Sintel pasaron en el paseo de La Castellana en 2001. Es que el 15M y ocupaciones como las de las plazas de Síntagma y Tahir nos han presentado por primera vez a unos nuevos actores políticos no formales, para los que la ideología en el sentido tradicional está muy desdibujada, y con ellos una relación distinta con la ciudad, porque ésta ya no es entendida o sentida como una parte secundaria del aparato de producción, un agregado necesario y no siempre deseado por las clases dirigentes — la utopía de la “casa de campo” surge como respuesta a la aceleración de los procesos de urbanización en el siglo XIX — sino su centro, una pieza esencial en la cadena de producción de valor. En los países que llamamos desarrollados, y no sólo, la gentrificación tiene ya tanta relevancia para el pensamiento político como la explotación. La exclusión (espacial) es para muchos pensadores el fenómeno social más característico del siglo XXI, como lo fue la pobreza en la etapa preindustrial y la explotación en los siglos XIX y XX.

Y no es Sousa Santos el único que lo plantea. Desde Henri Lefevbre hasta Stavrides, pasando por David Harvey o Manuel Castells, hay una larga serie de autores que han analizado la espacialización de la política.

Para Edward Soja:

Por lo menos hasta el siglo pasado, el tiempo y la historia han ocupado una posición privilegiada en la conciencia práctica y teórica del marxismo occidental y de la ciencia social crítica. La comprensión de cómo se hace la historia ha sido la principal fuente de conocimiento emancipador y de concienciación para la práctica política, el gran contenedor de variables para una interpretación crítica de la vida y práctica sociales. Hoy, sin embargo, puede ser el espacio antes que el tiempo lo que oculta consecuencias para nosotros; el “hacer geografía”, antes que el “hacer historia”, es lo que nos ofrece un universo táctico y teórico más revelador⁠.

Para Stavrides, que escribió este texto tras las protestas que tuvieron lugar a partir de 2010 en Atenas:

Es importante sin embargo pensar el espacio no como un contenedor de la sociedad, sino como un elemento formativo de las prácticas sociales. Imaginar un futuro diferente significa, por tanto, intentar experimentar y conceptualizar espacialidades que pueden ayudar a crear relaciones sociales diferentes (…) Si la emancipación es un proceso, debe generar transformaciones dinámicas [del espacio] y no simplemente instituir áreas delimitadas de libertad. Las características espaciales, antes que los espacios concretos, son las que posiblemente pueden constituir el objetivo de este tipo de exploración (…) La idea del umbral emerge como un concepto que captura las dinámicas espaciales de la emancipación. Como se verá, las áreas de umbral marcan cambios, indican comparaciones, regulan y dan sentido al acto de cruzar como un acto que produce cambios. (…) En la creación y uso social de los umbrales emerge una potencial espacialidad de emancipación⁠.  (3)

 Posiblemente la formalización de los movimientos sociales tipo 15M acabe abortando esa nueva política, al trasladarla a espacios ya cooptados como los parlamentos o los ayuntamientos, en vez de “inventar” otra espacialidad. Pero no voy a tener la osadía de pretender analizar una cuestión tan compleja desde estas líneas. Seguramente académicos mejor preparados que yo en el campo de la política estén haciendo ya este análisis. Además en estos procesos lo nuevo se suma a lo instituido, no lo substituye de golpe.

En lo que nos interesa, que es fundamentar las políticas culturales en su relación con el espacio público, lo primero que comprendemos es que éste es el tema. No es un tema importante, esencial, como la introducción de la perspectiva de género, las estrategias de inclusión social o una renovación pedagógica; es la cuestión central de la que van a depender todos los demás. Tanto que deberíamos identificar políticas culturales con políticas del espacio (público) urbano. Implementar políticas culturales es crear espacios, es desarrollar nuevas espacialidades para la cultura. La irrelevancia y la falta de contenido de los proyectos del Partido Popular en Madrid (Matadero, CentroCentro, CA2M…) se entiende muy bien desde esta perspectiva.

Tampoco es extraño que haya un número muy significativo de artistas que trabajan sobre el espacio urbano, la llamada imaginación geográfica o problemas concretos relativos a la desigualdad territorial y la gentrificación: de la gran tradición fotográfica sobre la ciudad a los modelos de trabajo colaborativo de Raumlabor o Park Fiction; de las viejas derivas situacionistas a las ocupaciones festivas de Reclaim the Street; de las investigaciones del Center for Land Use Interpretation al Museo de los Desplazados de Left Hand Rotation; de las intervenciones de RepoHistory en Nueva York a las cartografías colectivas de Rogelio López Cueca; de las arquitecturas expandidas de Santiago Cirugeda, Todo por la Praxis o Makea Tu Vida a las distintas modalidades de graffiti y stencil político.

Las aproximaciones son muchas y muy distintas entre sí, porque los fenómenos urbanos que estamos experimentando no son reductibles ni a un solo lenguaje ni a una batería de premisas preestablecida. Pero las políticas culturales que se implementen para la ciudad de Madrid no sólo deben apoyar la creación artística sobre lo urbano, sino que deben asimilar esa complicada ecuación que las identifica con las políticas del espacio público. Dicho de otra manera — cito aquí a Liliana López Borbón — “hay una puesta en cuestión de las políticas culturales cuando se comprenden sólo como una dinámica normativa de intervención pública en los diversos circuitos culturales, que tienden a ser organizados por actores institucionalizados - públicos, privados o de la sociedad civil - y que sus arreglos fundamentales, organizados por intereses, valores y visiones de mundo, han reproducido prácticas sociales y políticas que en la actualidad se encuentran en una profunda crisis⁠.” (4) Menos aún podemos entender una política cultural del espacio público como la mera organización de eventos o exposiciones en la calle, porque la calle no es necesariamente un espacio público. Sabemos que el acceso a determinadas zonas de Madrid está filtrado no sólo por los precios o la presión social, sino por policías de paisano que detienen a viandantes de acuerdo con criterios raciales. Esta simplificación de la noción de espacio público, o de cultura en el espacio público, está en la base de la espectacularización de los centros urbanos, tal como la hemos vivido en la era Gallardón: Centenario de la Gran Vía, Premios MTV en la Puerta de Alcalá, exposiciones de portadas de Vogue en la calle Serrano, esculturas infames en el Retiro… Estamos por tanto ante una cuestión compleja sobre la que no cabe pontificar, pero que tampoco se puede eludir. Podemos poner todos los adjetivos que queramos tras la palabra cultura, pero si no tenemos una comprensión profunda del significado y conflictos del espacio urbano, si no encontramos fórmulas para dar respuesta a estas nuevas formas de exclusión espacial, no habremos avanzado un solo paso.

Por supuesto los partidos políticos no tienen en su agenda ningún tipo de debate sobre lo que es, no es o pueda llegar a ser el espacio público. Quizás lo consideran una cuestión demasiado técnica, o quizás ignoran completamente su transcendencia. La directrices se establecen por tanto sin haber reflexionado sobre su objeto. Pronto, cuando se publiquen los programas, veremos un cúmulo de buenas intenciones sobre el arte en los espacios públicos, de las que se habrá excluido lo que debería ser primero: un debate sobre la verdadera naturaleza de este espacio. El resultado, como siempre, será que la creación crítica acabará siendo substituida por la festiva y los procesos genuinamente inclusivos por una vaga pedagogía ilustrada. Todo ello bajo el inestimable “ethos” del buen rollito. Es paradójico que las instituciones culturales, los museos, pueden ser consideradas espacios públicos pese a que en realidad funcionan como lo que Stavrides llama “enclaves urbanos”, lugares donde la ley es parcialmente suspendida y se gobiernan mediante protocolos administrativos que en realidad constituyen un régimen de “excepción⁠” (5).

Remitiéndonos a las posiciones críticas de Manuel Delgado (⁠6), la materialización del espacio público como categoría política en un espacio público entendido como lugar tiene una intencionalidad ideológica, que se origina en las transformaciones de la ciudad – terciarización, gentrificación, tematización – bajo el modo productivo del capitalismo postfordista. Sin embargo la retórica de este espacio público, que Delgado describe como un espacio de visibilidad generalizada y que es tan cara a los administradores de todo signo, no cuestiona las deficiencias de la esfera pública burguesa de la que es descendiente. Antes bien, contribuye a ocultarlas, ofreciendo un “algo” común – espacio, ocio, convivencia, cultura – que no admite su correlato del conflicto: la desigualdad, la exclusión, la falta de acceso a bienes y servicios, etc. Se va produciendo así un acercamiento entre las nociones de ciudadano y consumidor o usuario. Como en el fútbol, en la celebración de y en el espacio público la sociedad vive la ilusión momentánea de la abolición de las clases y las diferencias, de la anulación de sus contradicciones.

Hace dos semanas hablaba de un modelo que tuviese “una estructura dispersa, guerrillera, heterogénea en sus posicionamientos y contenidos. El museo diseminado en la ciudad.” Ahora voy a ir más allá: el museo sólo puede sobrevivir disolviéndose en la ciudad. El tipo de experiencia que el museo nos propone se debe trasladar a los espacios donde en verdad se está produciendo o destruyendo subjetividad. Donde tienen lugar los conflictos y donde es necesario regenerar imaginarios colectivos: la calle, el bar, el mercado, el transporte público, la escuela… Pero sobre todo en espacios que aún están por inventar. El museo debe producir - debe ser - el espacio donde la diferencia no desemboque en soluciones violentas, sean éstas delictivas o represivas. La política cultural del cambio será aquella que en vez de rellenar los mismos circuitos con contenidos adjetivados (transversal, horizontal, participativo, igualitario, inclusivo…), sea capaz de experimentar espacialidades alternativas para y a través del arte.

¿Cómo? No tengo la respuesta. Llevo casi 30 años trabajando fuera de las instituciones, experimentando con espacios y en el espacio urbano, y no he llegado a una respuesta universalmente válida. Posiblemente no la hay, y eso es bueno porque los universalismos son excluyentes. Además el que sea un terreno confuso y sin referencias que nos guíen, lo que nos indica es que es por allí por donde hay que abrir camino si queremos descubrir algo nuevo. Pero introducir cambios en la pesada mentalidad institucional no es fácil. Las élites culturales están formadas mayoritariamente por personas, salvo muy pocas y honrosas excepciones, cuyo quehacer está íntimamente vinculado a espacios seguros, “enclaves” en la terminología de Stavrides: la universidad y el museo. La imposibilidad de pensar un “más allá” por parte de estas élites tiene tanto de defensa consciente de su espacio privilegiado, como de una castración mental que les impide reconocer realidades ajenas a las categorías que fundamentan la legitimidad de sus saberes. Esto tiene consecuencias importantes para los artistas, pero el tema que nos interesa aquí es la “producción de espacios”: es muy difícil que los profesionales que están habituados a pensar y existir dentro de espacios seguros puedan imaginar unas políticas culturales que vayan más allá de lo que planteaba Liliana López en la cita anterior: el desarrollo de normativas que inciden sólo sobre circuitos ya consolidados y controlados por actores institucionalizados que, como es de esperar, están vinculados a ese tipo de espacios.

Es la paradoja del Centro Portátil de Arte Contemporáneo⁠ (7), un proyecto que desarrolló el Antimuseo en la Ciudad de México en 2010/11: cuando entró en contacto con instituciones formales nos encontramos con que la única manera de insertar un dispositivo portátil en el Museo es inmovilizarlo. El fenómeno se repitió en diferentes contextos: los curadores se negaban a aceptarlo como una institución y en su lugar se esforzaban en categorizarlo como obra de arte. Un objeto que opera en el plano simbólico, de manera que en vez de plantearse su praxis lo reconducían a los espacios de observación donde están acostumbrados a interactuar con el arte, a controlarlo. Espacios, no hace falta decirlo, donde el CPAC quedaba completamente despojado de su eficacia como institución cultural democrática. El curador institucional, valga la redundancia, no lo entendía como un espacio en el que inscribir y transformar su discurso, sino como un objeto a incluir y exhibir en los espacios - enclaves - donde éste se despliega.

Es sólo un ejemplo con el que quiero expresar la complejidad que hay en el desarrollo de una políticas culturales aterrizadas en el espacio, comprometidas con su transformación y que no caigan en la dinámica habitual de “rellenar” con contenidos espacios preexistentes, que son siempre resultado y precondición del ejercicio del poder. En la serie de entrevistas que publicaré dentro de unas semanas tendremos oportunidad de abordar estas preguntas desde situaciones concretas.

1 http://refugiosociologico.blogspot.com.es/2014/07/democratizar-el-territorio-democratizar.html
2 Postmodern Geographies pág. 1. La traducción es mía.
3 La traducción es mía. Towards the city of thresholds, pág. 13. http://www.professionaldreamers.net/_prowp/wp-content/uploads/978-88-904295-3-8.pdf
4 El espacio público como política cultural, en Espacio público y derecho a la ciudad (pp. 180 a 204) Bogotá 2011. http://goo.gl/iY6XmX
5 An urban enclave is a clearly defined area where general law is partially suspended and a distinct set of administrative rules apply. The force of law is present in an enclave as a protocol of use. Experienced from the outside, i.e. experienced as an outside, every urban enclave appears as an exception.
6 Ver El espacio público como representación http://www.oasrn.org/pdf_upload/el_espacio_publico.pdf y El espacio público como ideología.
7 http://www.antimuseo.org/archivo/etapa4/cpac.html

Pagar el arte- 2

El hecho de que los espacios de artistas sirven a fines activistas, de que son en sí mismos una acción, los posiciona como un movimiento artístico de base con carácter seminal. Cuando se escriba la historia de las prácticas artísticas en la segunda mitad del siglo XX, los espacios de artistas aparecerán con la misma importancia que otros movimientos artísticos del mismo periodo. [1]
Roberto Bedoya

Estoy leyendo Alternative Art New York: 1965 - 1985, un libro editado por Julie Ault que recoge la historia de los espacios gestionados por colectivos de artistas y que incluye una excelente selección de textos críticos. Entre ellos uno sobre la financiación de la escena alternativos norteamericana en las décadas de los 70 y 80, firmado por Brian Wallis: Public Funding and Alternative Spaces.

Yo siempre había supuesto que la aparición de espacios gestionados por artistas estaba vinculada sobre todo a la desindustrialización de las grandes ciudades occidentales, que dejó tras de sí centros urbanos desolados y periferias fantasmagóricas, con locales a precios asequibles cuando no gratuitos. Por eso me ha sorprendido la perspectiva que ofrece Wallis, donde es el acceso a los recursos públicos lo que resultó crucial para el desarrollo de la escena independiente en los Estados Unidos:

Al principio, estos espacios se vieron obligados a esforzarse e intentar sacar recursos privados de varios tipos. Esto cambió radicalmente en 1972, cuando el NEA (National Endowment for the Arts) empezó a conceder un apoyo substancial para estas iniciativas locales. En 1978 el NEA estableció una categoría específica de ayudas para “espacios de artistas”, y en la medida en que el apoyo a esta categoría aumentó, los espacios alternativos se expandieron, continuando su práctica de plantear grandes desafíos a las convenciones políticas y sociales del mundo del arte. [2]

El artículo narra el auge y decadencia del sistema de apoyo a la creación en los Estados Unidos y analiza algunas consecuencias indirectas sobre los espacios alternativos, como la profesionalización de los artistas, entendida como una implantación del poder pastoral foucaultiano. A partir de los 80, la era Reagan, el NEA se va desmontando y los recursos públicos desaparecen. En su lugar cobra importancia el apoyo privado: el mecenazgo en todos sus niveles. En los Estados Unidos no hay ningún obstáculo para que una entidad sin ánimo de lucro, lo que llaman 501(c) organization, pueda recibir donaciones deducibles de impuestos, al contrario que en España, donde hasta ahora la deducción fiscal requiere que el consejo de ministros declare de utilidad pública a la entidad en cuestión. Pero no es esto lo que nos interesa, sino una sutil trampa lógica que se esconde en el traspaso de responsabilidades del NEA a la sociedad civil.

El discurso oficial nos dice que el Estado no es responsable de la creación artística y que ésta debe obtener sus recursos, como cualquier otra actividad económica, aplicando modelos de negocio viables, o en todo caso obteniendo el apoyo de la sociedad bajo ese concepto un tanto difuso del mecenazgo. Sin embargo el Estado no deja de financiar la cultura, porque dejar de ingresar impuestos es lo mismo, en el balance final, que recaudarlos y luego repartirlos a través de programas como el que tuvo en su día el NEA. Es decir, el Estado no deja de reconocer que la actividad creativa tiene un retorno inmaterial que beneficia a toda la sociedad, y que por lo tanto merece una compensación que va más allá de la libre competencia entre empresas. Para explicarlo con un ejemplo, en ningún país occidental te puedes desgravar el gasto en copas, pero en muchos puedes hacerlo con las cuotas que pagas como miembro de una entidad cultural, donativos extraordinarios e incluso por la compra de obras de arte. ¿Por qué? Porque el arte ofrece ese retorno inmaterial en forma de construcción de subjetividades, fijación de narrativas históricas, etc., que le hace merecer un apoyo financiero público. Los buenos ratos pasados en la barra de un bar, aunque contribuyan a disolver tu subjetividad, en cambio no. De otra manera el arte debería funcionar exclusivamente como un mercado de bienes de consumo, donde los artistas, como los diseñadores de moda, los joyeros y otras industrias que producen bienes cargados de contenidos estéticos y/o simbólicos, deberían adaptarse a las tendencias del mercado y competir entre ellos para colocar su producto. Y desde luego hay un mundo del arte que es así, pero afortunadamente hay otros muchos que son todo lo contrario.

Volviendo al tema de la financiación, lo que se consiguió con ese traslado de la responsabilidad en el apoyo a la creación fue imponer una forma de poder blando para erradicar las posiciones más críticas o antagonistas. Cuando hay una institución pública que asume la responsabilidad de apoyar la creación artística, los diferentes colectivos tienen un interlocutor a quien reclamar, con quien negociar a quién y por qué se apoya. Y se puede señalar con el dedo a quien censure o margine a los colectivos sociales más conflictivos. Con la dispersión de la financiación en forma de deducciones fiscales por membresías y donativos, aunque parezca que hay una democratización del apoyo a la cultura, en realidad se está privilegiando la cultura que interpela a las clases altas y medias, mientras que se invisibiliza la que podrían producir y consumir las clases bajas y los colectivos que sufren algún tipo de exclusión, simplemente porque tienen menos recursos. Y, casualidades de la vida, la gente con menos recursos es la que plantea mayores conflictos al poder establecido. Pero el interlocutor oficial a quien podíamos reclamar ha desaparecido, se ha disuelto en miles de contribuyentes anónimos, que supuestamente hacen lo que quieren con su dinero, aunque en realidad ese dinero no es del todo suyo. El Estado no ha renunciado a su responsabilidad como benefactor de las artes, sólo está incumpliendo la que tiene como redistribuidor de las riquezas materiales e inmateriales que produce la sociedad. Ha encontrado la manera de ser injusto sin dar la cara.

Todo el discurso sobre el mecenazgo está construido sobre este tipo de trampas, y ésta es la razón por la que soy un firme defensor de la financiación pública de la cultura. Por ejemplo, es muy frecuente escuchar argumentos a favor del mecenazgo que invocan el gran legado del Renacimiento. Pero estos argumentos siempre olvidan que en aquella época no había una división entre lo público y lo privado, no como la conocemos nosotros ahora. El dinero particular de los príncipes era también el del Estado que gobernaban. Los reyes, los príncipes, los nobles, los obispos, los papas, todos ellos cobraban impuestos que estaban vinculados a su título nobiliario o cargo eclesiástico. Las revoluciones burguesas acabaron con ese sistema de privilegios y definieron un ámbito de lo público para garantizar que la gestión de los recursos de la sociedad estuviese sujeta al derecho. Cuando hablamos del mecenazgo actual no podemos poner como ejemplo a los Médici o al papa Julio II, con los grandes logros del arte renacentista, porque nuestro sistema político y económico es completamente distinto y no creo que nadie quiera volver al anterior.

En realidad el mecenazgo empresarial no es más que una rama del marketing de las corporaciones, que cada vez tienen mayores necesidades de imagen. Social Grease, el lubricante social, lo llamó una vez un alto ejecutivo petrolero, regalando a Hans Haacke el título de una de sus obras más afortunadas. En consecuencia los sectores con más capacidad de recaudación — fundraising dicho finamente — son los que tienen una proyección pública masiva: los deportes y los espectáculos populares. O en el mejor de los casos, las manifestaciones culturales políticamente correctas, pero alejadas de las verdaderas líneas de fractura de la sociedad. La producción cultural volcada a la experimentación, la que tiene una vocación crítica, la que se sitúa en lo que ahora son los márgenes de lo establecido, la que genera auténtica innovación social, no es de interés para los “mecenas”, porque directa o indirectamente va a poner en cuestión sus privilegios. Por eso, y aunque sea muy  urgente una ley de mecenazgo, las políticas culturales seguirán siendo necesarias.

El tema de la financiación de la cultura por supuesto no se acaba aquí y sería muy deseable que los agentes independientes fuésemos capaces de organizar una mesa de discusión para definir conceptos y plantear lineamientos ante la eventualidad de que la Comunidad de Madrid llegue a tener una política cultural en un futuro próximo. Sobre este tema y sobre otros que abordaré en breve, como el llamado arte en el espacio público.

Lo que debe quedar claro es que el programa más ambicioso de apoyo a la cultura nunca supondrá una cantidad significativa en comparación con lo que reciben fundaciones como FAES, lo que se desgravan los ricos por el mero hecho de ser ricos, lo que gastamos en dietas de diputados y senadores, los aeropuertos sin aviones, las autopistas sin coches o los miles de kilómetros de AVE sin pasajeros. Ni que la pila de millones que se gastan para promoción de la llamada Marca España en eventos internacionales. Quizás sea por fin el momento de pensar qué clase de país queremos: especular o innovar, éste es el dilema.


[1] The fact that artist-run spaces serve an activist purpose, that they are in themselves an action, situates them as a seminal grass-roots art movement. When the history of art making in the latter half of the twentieth century is written, artists-run spaces will be accorded equal importance with other art movements of this period.  Citado en Alternative Art New York, pág.3
[2] In the beginning, these spaces had been forced to struggle and try to get by one private founding of various kinds. This changed radically in 1972, when the NEA (National Endowment for the Arts) began supplying substantial support for these local efforts. In 1978, the NEA established a separate granting category for “artists’ spaces”, and as funding in this category increases, alternative spaces expanded, continuing their practice of fostering bold challenges to the social and political conventions of the art world.  (Ibídem, pág. 162)

Pagar el arte - 1

El poder del capitalista para trasladar una fábrica fuera de una región debido a la actividad sindical, es exactamente el mismo que el poder del capitalista para retirar el apoyo a un museo donde él o ella desaprueban el arte que se expone… Los espacios alternativos que dependen de élites para su financiamiento no son en realidad alternativos a nada, y ni siquiera reformistas [1].
-Carl André, 1980


Hay un lugar común en las declaraciones de los políticos españoles: que el arte - la cultura en general - no puede mantenerse con subvenciones. Lo dicen todos. Ibán García del Blanco (El Confidencial, 04/11/2014 [2]), delegado nacional de cultura del PSOE; Jorge Lago y Germán Cano (El Confidencial, 11/11/2014 [3]), de la comisión de cultura de Podemos, y por supuesto las más preclaras mentes de la derecha. Se ha transmitido a la “ciudadanía” la imagen de que la creación artística consume una ingente cantidad de recursos públicos, a costa, supondremos, de la sanidad, la educación la ayuda a la dependencia o el programa espacial, y sin ofrecer a cambio contrapartida alguna. Los artistas, los intelectuales, vivimos estupendamente a costa del sudor de nuestros vecinos. Esto no es sólo mentira, es uno de los más tristes legados de la dictadura franquista y de cinco siglos de Inquisición y fanatismo. La desconfianza hacia la cultura [4], cuando no un odio abierto, está firmemente arraigada en la sociedad española. Había escrito una carta abierta a Ibán García del Blanco para entrar en este tema desde una anécdota concreta: la entrevista del Confidencial antes citada. Pero creo que ésta es una cuestión que requiere un análisis mucho más detallado.

Para empezar, voy a explicar cómo ve alguien como yo la participación de las administraciones públicas en la cultura. Llevo casi veinticinco años en uno de los sectores más duros del medio: la escena alternativa del arte contemporáneo (que haberla, hayla). Nunca he ocupado un cargo público, sí he recibido subvenciones y premios, además bastantes e incluso internacionales, tengo una gran trayectoria; en un par de ocasiones he trabajado bajo contrato con entidades públicas, pero jamás he ganado con mi trabajo lo suficiente para presumir de ser un mileurista. Para financiar mis proyectos he alquilado habitaciones en mi piso, he freelanceado a costa de no dormir, he montado bares clandestinos en el Ojo Atómico y el Antimuseo, he organizado mercadillos o he recurrido a instituciones extranjeras, que casi siempre se han mostrado más abiertas e interesadas que las madrileñas.

Quizás haya subvenciones para productores de cine y de teatro, para editores, para casas discográficas, para organizadores de conciertos. Desde luego las hay para las galerías de arte, para asistir a ferias en el extranjero, por cierto sin necesidad de que lleven a artistas españoles. Pero que alguien me diga qué subvenciones hay para los artistas visuales, para los compositores de música experimental, para los escritores… Las subvenciones en España son para los empresarios, no para los creadores. Las administraciones públicas nunca han apoyado la creación directamente, sino a los empresarios que la explotan, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Por tanto no es la cultura la que recibe las subvenciones, sino los negocios que la rodean, desde los intermediarios comerciales a los transportistas.

Además podríamos decir, parafraseando a Ibán, que “La actividad política no se puede sostener exclusivamente vía subvención.” Porque los partidos políticos sí que reciben dinero de subvenciones. O la banca, o la industria del automóvil, o la de la moda, o la farmacéutica, o la agricultura, o las eléctricas, o la minería… No hay un solo sector de la economía española, incluidas las confesiones religiosas, que no reciba recursos públicos. Salvo la creación artística en todas sus ramas.

En el caso de la cultura la mayoría de las competencias están transferidas a las comunidades autónomas y para comprobar la exuberancia de esas subvenciones que recibimos los artistas propongo un sencillo experimento: vaya usted a la calle Alcalá 31 de Madrid, diga que es un artista visual que quiere hacer un proyecto y pregunte cuáles son los canales administrativos para solicitar una ayuda de la Comunidad Autónoma. ¿La respuesta? Ninguno. Los madrileños no disponemos de ningún canal para acceder a nuestros propios recursos. No los hubo con Leguina, no los hubo con Gallardón, ni con Esperanza Aguirre, ni menos aún en la interinidad que padecemos ahora. Nunca la Comunidad de Madrid ha subvencionado ni apoyado la creación artística. Sólo convoca un premio que debe estar por los dos mil o tres mil euros, con unos diez premiados al año. Pese a ser un premio exigen justificación de los gastos y está prohibido incluir honorarios por tu propio trabajo.

Sin embargo su logotipo aparece en innúmeros eventos culturales. ¿Cómo es esto posible, si en la misma puerta de la ex-consejería de cultura nos han dicho que no hay ningún procedimiento para pedir recursos? Pues es gracias a una ley de contratación llena de agujeros, que permite el fraccionamiento de los contratos para eludir el control, que obliga a convocar concursos públicos pero no evita que nazcan amañados, y sobre todo porque el procedimiento administrativo favorito es el que se llama AMIGUETE. Este marco legal asombroso, y no unas subvenciones imaginarias, es el que ha facilitado la aparición de grandes redes de corrupción, las verdaderas mamandurrias.

Y esto nos lleva a la otra cuestión: ¿de qué hablamos cuando decimos subvenciones? Para la mayoría de las personas hay una subvención siempre que una administración pública da dinero a la sociedad civil. Pero ésta es una idea errónea. En el mundo de la cultura lo más corriente es que el político substituya al ciudadano y tome la iniciativa. Es decir, los proyectos que hacen las consejerías, direcciones generales, concejalías, etc. son muchas veces “geniales ideas” que se les ocurren a los respectivos titulares de los cargos. Una vez que han tenido la “idea”, ellos mismos se aprueban su presupuesto, contratan a quien les apetece — aquí se confunde clientelismo con subvención — y se vigilan a sí mismos para que todo transcurra a la perfección. Esto no es una subvención, es un disparate.

Otra es la contratación. Un ciudadano, a título personal o como representante de una empresa o asociación, tiene un proyecto y la suerte de conocer a los que mandan. Entonces llama al director general correspondiente y agenda una cita para explicárselo — no hace falta que sea algo muy formal, podemos vernos en el Cock —. A partir de cierta cantidad es obligatorio convocar un concurso público. Entonces se puede fraccionar el proyecto en varios contratos [5]. Por ejemplo, si es una exposición se hace un contrato por la organización, otro por la edición del catálogo, otro en concepto de difusión y relaciones públicas… Pero si es mucho dinero se convoca el concurso público con unas bases a medida del amigo. La creación de ese oxímoron de las “Sociedades Públicas” ha simplificado las cosas, porque en ellas no aplican las leyes que regulan la contratación de servicios por parte de las administraciones públicas. Como dicen nuestros políticos, son más eficaces, pero ya sabemos para qué.

Luego están las subvenciones nominativas, sobre las que reconozco que no sé mucho. Es como un convenio con una entidad privada, imagino que principalmente asociaciones y fundaciones sin ánimo de lucro, que reciben una cantidad anual como apoyo a su trabajo. Y por fin las subvenciones propiamente dichas. Aquí es cuando el sans-coulotte, el pelao, el pendejo, el loser de las artes, puede por fin arañar unas migajas del banquete de la cultura. Hay una convocatoria pública, hay unas normas relativamente claras, unas reglas del juego iguales para todos, al menos en teoría, y un jurado que decidirá a quién se apoya. Además hay un reglamento para la justificación de los gastos. El Ministerio de Cultura tenía antes las de Promoción del Arte Español, que te podías sacar hasta mil o dos mil euros, una barbaridad de dinero, pero con la obligación de aportar la mitad de los recursos y con la limitación expresa de no cobrar honorarios por tu trabajo. Pero en los últimos años estas ayudas se han dado exclusivamente a las galerías de arte para asistir a ferias internacionales [6]. Y como he comentado al principio, ni siquiera se controla que llevan a artistas españoles y soy testigo de este hecho: empresarios corruptos consiguen esta subvención para vender obra de reconocidos artistas norteamericanos, británicos… y ni un español. También estaban las de Acción y Cooperación Cultural, creo que así se llamaban, para asociaciones culturales, pero ahora están destinadas a becas de estudio.

No hace falta decir que la ley de subvenciones es un desastre perfecto. Pero la culpa es de los políticos que hacen las leyes, no de  los artistas que las padecen. Si en España no ha habido nunca un sistema de apoyo a la creación no ha sido por falta de dinero, sino por la ignorancia, venalidad y falta de visión de nuestros dirigentes.

El Ojo Atómico y Liquidación Total, dos espacios alternativos que funcionaron en Madrid en la pasada década, conseguimos impulsar unas ayudas que primero se llamaron Programa no se qué de Intermediae y luego Ayudas a la Creación Contemporánea de Matadero. No se han convocado desde 2012 y no sé si reaparecerán para las elecciones de mayo. Pero aquellos tampoco fueron tiempos fáciles, aunque era antes de la crisis. Con la Comunidad de Madrid tuvimos choques bastante fuertes y al final no conseguimos nada. Era consejero Santiago Fisas y Director General de Museos etc. Álvaro Ballarín, el mismo que luego contrató a miss Barcelona 2007 de asesora de cultura en la Junta de Moncloa [7], como comenté la semana pasada. Con el Ayuntamiento conseguimos las ayudas, pero siempre fueron insuficientes.  Toda esta historia está recogida en los textos del Antimuseo [8]. Ahora el Ayuntamiento tiene un programa que se llama El Ranchito. Creo que son “residencias” en el Matadero, donde te ofrecen unos espacios para trabajar tabicados con plásticos, me imagino de de ahí el nombre: ranchito, chabola, poblado, villa miseria, pueblo joven… y unos dos mil o tres mil euros de presupuesto.

En fin, que los artistas nos sostenemos exclusivamente vía subvenciones: 2.000 o 3.000 euracos que nos podemos sacar algún año que se nos dé bien. Vivimos como reyes sin trabajar, porque no está claro que la creación sea un trabajo, y merecemos el epíteto de las mamandurrias que acuñó Esperanza Aguirre, que en román paladino significa que quien no sepa robar no merece recibir. Profunda sabiduría del pueblo español que nos recuerda las dos caras contrapuestas de su alma: la picaresca y el esperpento.

Esto en cuanto a lo que realmente hay y ha habido, porque las carencias no pueden atribuirse a la crisis económica: son la estructura misma del arte español. Un sistema clientelar y opaco donde unos pocos reciben mucho y la mayoría nada o casi nada. El desprecio al arte es lo que se esconde tras esta realidad tan devastadora, porque las instituciones, fiel reflejo del país, consideran irrelevante la aportación de la cultura a la construcción de la sociedad. Inmersos en una ignorancia satisfecha, los políticos siguen pensado que tener un “gran arte” es que aparezca un genio al siglo, aunque lo haga en Francia, no que la comunidad en su conjunto pueda, podamos generar los imaginarios críticos que necesitamos para lidiar con el desierto de lo real.

Sigue la semana que viene…


[1] The capitalist’s power to move a factory away form a region because of militant union activity is exactly the same as the capitalist’s power to withdraw support from a museum when he or she disapproves of the art shown there… Alternative spaces which depend on elites for their support are not really alternative to anything and are not even reformist.
Citado en Alternative Art New York, pág. 161
[2] “La actividad cultural no se puede sostener exclusivamente vía subvención.” http://bit.ly/1z2XtHw
[3] Noticia - Queremos acabar con la ‘hipsterización’ de la cultura - Cultura  http://bit.ly/1AsRf6E
[4] Recordemos la cita de Marcelo Expósito de la semana pasada: “quienes arriman el hombro construyendo política desde los movimientos desprecian el arte y se cachondean de los artistas”⁠
http://esferapublica.org/nfblog/arte-y-politica-en-el-melancolico-callejon-de-las-aporias/
[5] Éste es un buen ejemplo: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/10/13/madrid/1413234857_799498.html
[6] Creo que en la última convocatoria se han vuelto a admitir proyectos de artistas.
[7] http://masdeporte.as.com/masdeporte/2014/12/23/portada/1419352779_606614.html
[8] http://www.antimuseo.org/textos/comunicados/comunicados.html 
En el capítulo titulado blog 2012 hay otros textos que continúan en esta línea.

Qué espacios de arte No necesita Madrid - parte 2

Respecto a la Comunidad Autónoma de Madrid, como Esperanza Aguirre ha deshecho más de lo que ha hecho, creo que las cosas en realidad resultarían más fáciles. La falta de articulación de los espacios de arte de la CAM es completa y el catálogo corto [1]: Alcalá 31, CA2M, la sala del Canal Isabel II y la Sala de Arte Joven en la avenida de América. Hay que señalar que las competencias en cultura corresponden a las comunidades autónomas. Es decir, la responsable del fomento del arte y el apoyo a la creación en Madrid es la CAM, ni el ex-Ministerio de Cultura ni el Ayuntamiento. Resulta por tanto sorprendente que la CAM tenga infraestructuras culturales menores y peores que el Ayuntamiento, y no digamos el hecho de que no haya una consejería de cultura.

Hay poco que decir acerca de Alcalá 31, famosa por su errática programación desde los tiempos de Santiago Fisas, del Canal o de Arte Joven, que quizás es la que ha tenido una función más clara dentro del panorama artístico de Madrid.

El CA2M, Centro de Arte Dos de Mayo, es sin embargo el mejor ejemplo de la suma de disparates que han sido las despolíticas culturales de Madrid. Empezando por su ubicación, que estaría muy bien si en Madrid hubiese un Museo de Arte Contemporáneo de verdad, pero no lo hay. El decreto fundacional[2] deja claro que éste es el Museo y Centro de Arte de la Comunidad de Madrid, que se crea para albergar su colección y que su ámbito de actuación es toda la comunidad. La decisión de Esperanza Aguirre de crear la principal infraestructura de arte de la comunidad en Móstoles nunca ha sido ni discutida ni explicada, pero no hace falta ser muy perspicaz para comprender que fue una manera de respaldar a Esteban Parro, el primer alcalde del Partido Popular en esta población tradicionalmente de izquierdas, que había ganado las elecciones de 2003 por un estrecho margen. Y seguramente una demostración más de su retorcido humor, al dotar a los artistas de Madrid de unas instalaciones que sin duda todos necesitábamos, pero allí donde no pudieran sernos de utilidad alguna. Si tenemos en cuenta que el CA2M “Quiere ser un centro de referencia de debate y conocimiento del arte contemporáneo. Se constituye como un centro de reflexión sobre la creación más emergente…” tendríamos que pensar en la cantidad de artistas, curadores y críticos, por no decir galerías, que trabajan en Móstoles comparados con los que hay en Madrid capital. Lo que menos entiendo de todas formas es la falta de respuesta del mundo del arte madrileño.

Este centro se inauguró en 2008 con una exposición que pretendía ubicar el “nacimiento de la ciudadanía” en el levantamiento del 2 de mayo de 1808. No voy a entrar aquí en un análisis sobre aquello, ni a comparar el levantamiento popular contra el ejército de Napoleón con el que hubo también en Madrid el 19 de julio de 1936. La exposición si tituló “Madrid 2 de Mayo: un pueblo, una nación”. (¿Por qué me recuerda a aquello de “Ein Volk, ein Reich, ein(e) Führer(in)”?) y el curador, el escritor Arturo Pérez Reverte, cobró 300.000 euros de honorarios. Los más altos pagados hasta ahora en el mundo del arte español. Pero la celebración del 2 de Mayo no quedó aquí: se gastaron casi 8 millones en distintas actividades y espectáculos, además de otros 15 millones en la producción de la película Sangre de Mayo, que no ha visto ni Dios[3].

El director del CA2M es desde entonces Ferrán Barenblit, quien sumó méritos para este cargo con la organización en 2007 de la exposición Entresijos y Gallinejas, cuando dirigía el Centro Santa Mónica en Barcelona. Esta exposición era parte de un programa de la Consejería de Cultura de la CAM llamado Made in Madrid[4], que pretendía llevar la cultura madrileña al “exterior” (o sea, al vecino país de Cataluña). De hecho se presentó como la primera actividad de una estrategia más amplia. Pero la verdad es que nunca tuvo continuidad — con Santiago Fisas la Consejería de Cultura fue una entidad perfectamente inútil — y que casualmente dicho programa inédito se realizó sólo un mes antes de las elecciones en que Esperanza Aguirre fue reelegida por primera vez y sin sobornos, es decir, ya en campaña. No sé si me sorprende más la poca vergüenza de los políticos o la de los curadores y artistas que toman parte en este tipo de cosas. En su momento publiqué un texto[5] que contaba con detalle la tortuosa preparación de esta exposición y denunciaba el engaño que se estaba tramando contra los colectivos independientes de Madrid, que hasta entonces nunca habían sido de interés para Esperanza Aguirre ni para Santiago Fisas, pese a que habíamos intentado abrir un diálogo con ellos para crear un sistema de apoyo similar al que habíamos conseguido un año antes en el Ayuntamiento. Lo que hay que reconocer es que Barenblit nunca ha defraudado la confianza que la ex-presidenta depositó en él.

El último capítulo del sainete del CA2M ha sido la “aceptación” de la colección de la Fundación ARCO. Un acervo que la misma fundación ha preferido mantener a la sombra, dado que las compras nunca se hicieron siguiendo criterios de calidad, sino por compromisos con las galerías, y que nadie había querido albergar hasta ahora. La Fundación ARCO, que me imagino que es de IFEMA, por tanto del Ayuntamiento y de la CAM, y por tanto financiada por todos nosotros, debe estar al borde de la quiebra y mantener una colección implica costes considerables: seguros, almacenamiento bajo condiciones controladas de temperatura y humedad, seguridad, supervisión técnica de restauradores… El problema de que el CA2M se haga cargo de la colección es que de lo que se está haciendo cargo en realidad es de esos costes de conservación. Un torpedo más a la línea de flotación de este atribulado museo - centro de arte, que en vez de aumentar sus recursos para mejorar una colección de por sí deficiente, o para implementar programas que estimulen la escena artística de Móstoles (es un decir), ahora debe cargar con un muerto que lleva años buscando sepultura.

La historia del CA2M resume todos los vicios de la política cultural que hemos sufrido con el Partido Popular: instrumentalización de la cultura con fines electorales, oportunismo, falta de rigor, inversiones enormes con objetivos de corto plazo, desprecio a los artistas y demás profesionales del arte, y corrupción, corrupción y más corrupción. Aquí sólo han faltado el pequeño Nicolás y la miss Barcelona que Ballarín contrató como asesora de cultura en Moncloa. Pero no ha sido por falta de ganas, recordemos que Álvaro Ballarín dejó la dirección general de Archivos, Museos y Bibliotecas porque resultó elegido en 2007 y tuvo que incorporarse como concejal.

A pesar de todo yo no creo que haya que cerrarlo. Pienso que la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid deberían crear conjuntamente un museo en condiciones en la capital, con la doble vocación de reunir una colección del arte madrileño de los siglos XX y XXI, y de promover y apoyar la creación más experimental. El CA2M, en un esquema racional, quedaría como un centro de arte, que es una cosa distinta de un museo, para difundir este acervo (si llegara a formarse) y sobre todo para fomentar la creación artística en las ciudades del sur. Es decir, con una vocación descentralizadora, no descentradora. De verdad es increíble — y digo esto sin perder la perspectiva crítica sobre el “Museo” como tal — que la Comunidad de Madrid, desde el 1 de marzo de 1983 que se aprobó su estatuto, no haya sido capaz de crear una institución de arte contemporáneo en condiciones.

La colección de la Fundación ARCO sí que la devolvería. O mejor aún, la vendería para pagar cosas más útiles, aunque por desgracia esto también sea imposible. En cualquier caso el próximo consejero de cultura, si lo hay, debería llevar el acuerdo de cesión a los tribunales, porque es una estafa más a los madrileños. No tenemos por qué pagar con nuestros impuestos las consecuencias de viejos errores, y mucho menos condenar nuestras políticas culturales porque la Fundación Arco tuviese una política de compras cuyo principal objetivo era conseguir que algunas galerías de prestigio, que de otra manera jamás habrían venido a Madrid, participasen en la feria.

La última gran institución local es precisamente ARCO, la feria de arte contemporáneo de Madrid. Porque ARCO, al contrario que el resto de las ferias de arte del mundo, es una institución pública. Es sorprendente como los gobiernos neoliberales aman el dinero público, siempre que sea para estimular los negocios privados. Podemos calcular que en sus mejores momentos ARCO facturaba más de 10 millones de euros, sobre un presupuesto de gastos de 7. Como es de esperar el beneficio siempre se ha aplicado al apoyo de la creación en Madrid. ¿O no? Es una broma, sabemos que el dinero que entra en IFEMA puede ir a cualquier sitio menos a la cultura. En cualquier caso las pérdidas, que las ha habido en los últimos años, imagino que sí que nos las hemos repartido los madrileños, aunque en esta última edición sea con la ayuda de los contribuyentes colombianos. Ver al respecto los artículos de Carlos Jiménez y Elena Vozmediano [6]. Sobre ARCO se han vertido ríos de tinta, por lo que no voy a explayarme más. La misma dinámica competitiva de las ferias de arte la está conduciendo a un callejón sin salida, y es difícil que recupere las inmensas aportaciones de dinero público que disfrutó en los años previos a al crisis. Lo lógico sería que el Partido Popular la privatice ya mismo, antes de las elecciones. No sé como no se les ha ocurrido antes.

Entrando en las conclusiones, hay tres panoramas posibles tras las elecciones locales de mayo: una nueva victoria del Partido Popular, que gobierne el PSOE o que lo haga una candidatura formada por Podemos, Ganemos, Equo y restos de IU. Creo que en todos los casos serían gobiernos en minoría, y salvo con el PP, que no puede traernos nada bueno, con los otros dos hay tanto oportunidades de mejorar como zonas obscuras. Debemos esperar un desconocimiento profundo del tejido creativo del arte madrileño y una sórdida lucha por el respectivo trozo del pastel entre los artistas e intelectuales que están involucrados con los distintos grupos. El PSOE necesita con urgencia legitimarse y recuperar base social. No tiene más remedio que abrirse a un diálogo muy amplio y ceder terreno a la sociedad civil. Por otra parte arrastra sus redes clientelares, muchos compromisos viejos — esperemos que no haya que pagar otra millonada por una cúpula de Barceló — y sobre todo la inercia controladora que ha caracterizado a las administraciones públicas durante los últimos 30 años. Del mismo modo que el Ayuntamiento de Gallardón creó Intermediae para suplantar a los espacios independientes, o que el de Tierno creó una sociedad municipal de conciertos para arrinconar a los productores independientes, o la revista Madriz para desplazar a La Luna, es de esperar que tiendan a substituirnos con programas, entidades o instituciones que plagian nuestros modelos de trabajo y vampirizan nuestros públicos, pero desactivando el pensamiento crítico.

En el segundo caso, una formación surgida de los movimientos ciudadanos, mi mayor temor es la implantación de una doctrina a la que deban plegarse las iniciativas de la sociedad civil. Es decir, lo que no encaje en la doctrina se borra del mapa. Y no es una sospecha infundada. Con la llegada de Manolo Borja Villel al Reina se formó un think tank (Traficantes de Sueños, Universidad Nómada…) que manifiesta una profunda hostilidad a las artes visuales. Paradójico pero cierto, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, así se llama, nunca ha puesto interés en la escena artística de base, quizás habría que decir grassroot para hacerla más atractiva, pero financia la producción de un discurso que execra el arte. El pensamiento que elaboran es sin duda valioso en otros órdenes y yo lo sigo, leo lo que publican y en ocasiones me interesa, pero no constituye una doctrina y mucho menos sobre arte. Declarar, como hizo Marcelo Expósito, que “quienes arriman el hombro construyendo política desde los movimientos desprecian el arte y se cachondean de los artistas” [7] es algo peor que una barbaridad, es la amenaza de una noche aún más oscura para el arte español. Marcelo, por cierto, está en el eje de cultura de Guanyem Barcelona y es un miembro destacado del think tank antes aludido. Yo no tengo ni el tiempo ni las ganas de discutir si el arte es una manifestación de la cultura burguesa. Creo que hace mucho que estamos en otro lugar. Lo que importa ahora es que los que están diseñando las líneas maestras de la política cultural de estas formaciones nos aclaren su posición respecto al arte contemporáneo, y que lo hagan con propuestas concretas y compromisos escritos, no con vaguedades sobre la transversalidad, la transparencia, la participación, etc. Si consigo entrevistarlos profundizaré en estas cuestiones. También es notoria la ignorancia de sus líderes, y como muestra un botón: Jorge Lago y Germán Cano, ambos miembros de la comisión de cultura de Podemos, pusieron como ejemplo de cultura independiente las galerías de la calle Doctor Fourquet [8]. ¡Helga de Alvear estandarte de la cultura antagonista! Bromas aparte, estas cosas dan miedo.

Para terminar, lo que está claro es que Madrid no necesita los centros de arte que ahora tiene. O al menos no como están planteados. Si lo que pretendemos es que haya una gran actividad cultural, que la creatividad de la sociedad encuentre cauces para desarrollarse, que el arte y la cultura en general contribuyan a la innovación y a la cohesión sociales, se debe apoyar la creación desde la base e impulsar una revolución pedagógica, y no más al negocio ni al espectáculo. Pero somos nosotros, los que hemos insuflado vida al arte de Madrid durante décadas, quienes debemos organizarnos para hacer un diagnóstico de los problemas y desarrollar el plan maestro que nos saque de hoyo.

Si estamos soñando que los miembros de los ejes y círculos o los delegados de cultura de los partidos convencionales conozcan y entiendan nuestra situación actual y nuestra historia; si estamos soñando que van a superar los prejuicios y lugares comunes con que han visto siempre el arte contemporáneo; si creemos que los que lleguen al poder van a anteponer el interés común al del partido o al personal; si estamos esperando que los sectores duros, esos que desprecian el arte y se cachondean de los artistas, se vuelvan tolerantes de la noche a la mañana y acepten la diversidad de la creación actual; si de verdad estamos soñando con el advenimiento mágico de un mundo maravilloso, vamos a sufrir un amargo despertar. Somos nosotros, la comunidad artística, quienes debemos hacer un análisis crítico y aportar soluciones.

[1] http://goo.gl/aCvVhO
[2] http://www.madrid.org/wleg/servlet/Servidor?opcion=VerHtml&nmnorma=4978&cdestado=P
[3] http://www.eldiario.es/politica/Esperanza-Aguirre-millones-promocionar-crisis_0_254775212.html
[4] http://elpais.com/diario/2007/04/14/catalunya/1176512851_850215.html
[5] http://www.antimuseo.org/textos/comunicados/gallinejas.html
[6] http://esferapublica.org/nfblog/arco2015/
y
http://www.elcultural.es/revista/arte/El-negocio-de-la-Feria-de-arte/34139
[7] Ver el primer comentario en:
http://esferapublica.org/nfblog/arte-y-politica-en-el-melancolico-callejon-de-las-aporias/
[8] "¿Como se consigue arrimar la cultura a la sociedad?
De entrada, mirando qué se está haciendo en este momento al margen de las instituciones. Como esta calle [Doctor Fourquet], que de manera espontánea se ha llenado de galerías sin subvenciones ni ayudas públicas."
Leer más:  El Confidencial, 11/11/2014: Queremos acabar con la ‘hipsterización’ de la cultura  http://bit.ly/1AsRf6E
(Lo más chistoso es que Doctor Fourquet se llenó de galerías por la presencia del Reina, nada espontáneo ni gratuito, y dentro del proceso de gentrificación de Lavapiés.)

Qué espacios de arte NO necesita Madrid - parte 1

Una de las cuestiones que van a ser verdaderamente interesantes cuando los partidos políticos empiecen a aterrizar sus programas en propuestas concretas, es qué van a hacer con las instituciones creadas por el Partido Popular. ¿Cómo regenerar, en el caso de que eso sea posible, Matadero, CentroCentro, CA2M o el Conde Duque? Y por otra parte, qué hacer con la red de centros culturales del ayuntamiento, que sin duda cumplen una función para la ciudadanía, pero no la que su nombre anuncia: cultura. Tras la reforma de las instituciones públicas hay además otras muchas preguntas que responder: situación de los trabajadores y colaboradores (¿autónomos, funcionarios, precarios a secas?), órganos de control y gobierno, normas de contratación, una guía ética para el trato con los artistas…

Por poner un ejemplo, las buenas intenciones expresadas por los representantes nacionales de Podemos en una reciente rueda de prensa [1] pueden estrellarse contra la realidad de unas instituciones descomunales, en gasto que no en contenido, y unos presupuestos exangües. Cerrar estos centros se me antoja deseable pero seguramente es imposible. Mejorarlos difícil, porque han sido concebidos desde intereses ajenos al arte y la cultura. Si pensamos en sus ubicaciones, la arquitectura, el tipo de espacios expositivos, sus vínculos con la sociedad en general y con el mundo del arte en particular, su organización interna, su estructura legal… Todo se ha hecho para evitar la intromisión de la sociedad civil y la emergencia de una cultura crítica. Medialab ha sido quizás la única excepción. Tabacalera es de titularidad nacional.

Es obvio que el primer paso para reorganizar las políticas culturales del Ayuntamiento es desmantelar Madrid Destino Cultura Turismo y Negocio, S.A. (antes Madrid Arte y Cultura Sociedad Anónima), nombres que darían risa si no hubiesen causado tanto dolor. Los centros deben volver al ámbito de lo público y es desde allí, desde la concejalía de cultura, desde donde debe decidirse si pueden tener una personalidad jurídica propia o si se debe desarrollar un nuevo marco institucional para administrarlos. Yo desconozco la legislación al respecto, pero no tengo duda de que en ella encontraremos todo tipo de obstáculos al cambio, porque las leyes están hechas con inteligencia, pero con una inteligencia perversa. La necesidad de coordinar las políticas de la CAM y el Ayuntamiento es así mismo evidente, incluso de crear una figura permanente que permita un mejor aprovechamiento de los recursos y evitar duplicidades. Durante las legislaturas del PP se fabricó un enfrentamiento entre ambas administraciones que impidió el desarrollo de programas comunes y mucho menos la creación de una fundación, fideicomiso, aunque creo que esta figura no existe en España, o similar para la promoción de la cultura.

Los dos espacios estrella del ayuntamiento son el Matadero y CentroCentro. Por cierto, la persona que Gallardón tenía encargada de pensar nombres debería hacerse ver, porque no está bien. Matadero nació vinculado a una gran operación inmobiliaria: la demolición del estadio Vicente Calderón y la fábrica de Mahou para construir viviendas de renta alta. Tras 10 años de recursos, crisis y demoras, el Ayuntamiento ha conseguido aprobar la construcción de dos rascacielos residenciales, entre otros edificios, y un hotel de 27 plantas [2]. Los madrileños hemos contribuido muy generosamente a este negocio, porque el soterramiento de la M30 y el parque Madrid Río eran parte de la estrategia, junto con Matadero: unos 5.000 millones de euros, tocamos a mil y pico por cabeza. En 2005, en el curso de las reuniones que citaba hace dos semanas [3], Juanjo Echevarría y Juan Carrete nos propusieron que trasladásemos nuestras actividades al Matadero, aún por inaugurar. Ninguno de los colectivos que participamos en los encuentros quisimos involucrarnos con el Matadero, por razones que no es necesario enumerar. Intermediae se creó como una réplica a nuestros proyectos, para apropiarse el espacio social y cultural que habíamos creado y desactivarlo. No creo que ni Juanjo, ni Juan, ni nadie en el Ayuntamiento, supiesen con anterioridad a los Encuentros que existían este tipo de espacios. Por aquellas fechas conocí a Simancas, quien tampoco había oído hablar nunca de una escena alternativa de arte contemporáneo.

Ahora Matadero está controlado por Madrid Destino y parte de sus espacios los gestionan entidades sin ánimo de lucro: la asociación de diseñadores, AVAM, la fundación Ruipérez [4]… En los últimos años se dio entrada a multinacionales de bebidas como patrocinadores de programas específicos [5], que finalmente han desaparecido. Pero quitando el Teatro Español, creo que el nivel de las actividades de este mega centro no justifica el gasto de un solo euro. Dar sentido y viabilidad — pero sobre todo sentido — a una infraestructura de estas dimensiones y costes va a ser todo un reto para quien gane la alcaldía de Madrid. La verdad es que no espero nada bueno.

CentroCentro no responde a nada: ni necesidades culturales, ni servicio a la ciudadanía, ni responsabilidad con los recursos… Era otra fantasía imperial de Gallardón. Como Matadero, de lo primero que carece es de sentido. Es un lugar muy grande y muy bonito donde se desarrollan actividades culturales sin pies ni cabeza. Y grandes fiestas. Nunca tuvo un proyecto museológico, ese documento en el que se explica el porqué de la inversión y de los programas. Substituyó al Museo de la Ciudad, el peor museo de Madrid durante décadas, sin acertar a plantear una línea de trabajo coherente sobre su tema: la ciudad. Está claro que desarrollar un programa sobre los fenómenos urbanos que se están produciendo al hilo de la globalización y la transformación del capitalismo sobrepasa las capacidades de nadie que haya pasado hasta ahora por CentroCentro, el Área de las Artes y no digamos Madrid Destino. Por lo demás los espacios son inmanejables museográficamente. Yo se lo alquilaría a una multinacional de moda y con ese dinero financiaría no sólo un centro de estudios de la ciudad, sino todo un sistema de apoyo a la creación.

El Conde Duque estuvo en obras durante los años gloriosos de Gallardón y cuando por fin pudieron abrir de nuevo la fiesta ya había acabado. Alberga entre otras cosas el Museo Municipal de Arte Contemporáneo, que se acaba de re-inaugurar. La colección es un desastre, aunque quizás no peor que la del CA2M. La ausencia de un museo que recoja la historia del arte moderno y contemporáneo de Madrid, al menos desde la primera aparición de movimientos vanguardistas en la II República, es una muestra más de la desidia e ignorancia de nuestros gobernantes. No tiene sentido además que haya un museo de la CAM y otro del Ayuntamiento, salvo porque así se gasta más dinero en obras, contratas y chanchullos varios. El 99% de la producción artística de Madrid se ha realizado en la capital, y aunque es muy deseable que se funden y potencien centros de arte en otras ciudades de la Comunidad, hablar de arte madrileño es sobre todo hablar del arte de la ciudad de Madrid.

Una compulsión curiosa de los espacios creados por el PP es la multifunción. Ninguno de estos centros es específicamente un centro o museo de arte contemporáneo. Son recintos que incluyen museos, archivos, teatros, que organizan conciertos, fiestas, ferias… se trata de un fenómeno que refuerza la tendencia hacia el parque temático como modelo de gestión, y aunque en algunos casos puede tener sentido la agregación de campos culturales, a lo que conduce en realidad es a una pérdida de identidad de las instituciones.

Hay que decir que en otros tiempos hubo una serie de centros en Móstoles, Leganés y Alcorcón, no sé si también en Getafe, que formaron colecciones bastante buenas. No sé que ha sido ni de estos centros ni de las colecciones, pero seguramente el interés por construir infraestructuras mayores, es decir, por el negocio de la construcción, los ha dejado arrinconados.

El Ayuntamiento cuenta además con otras instalaciones, como el Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa — otro nombre digno de estudio — o una red de centro culturales de distrito que se dedican sobre todo a impartir talleres y cursos sobre los temas más variados. Como decía al principio, éstos sí cumplen una función, aunque no sé si llamarla cultural. Para ser precisos deberían llamarse centros sociales y sería necesario que en paralelo a ellos hubiese en Madrid una red de centros dedicados a las culturas contemporáneas, capaces de ofrecer otros contenidos y dirigirse a otros públicos. Este es un papel que idealmente harían a la perfección los centros autogestionados — como centros de experimentación social y política — y los espacios independientes de arte, que tienen la potencialidad para desarrollar y difundir el amplio espectro de la cultura visual del presente. Articular una política que desarrolle una red de espacios con esta vocación no me parece tan difícil como rescatar los monstruos que vamos a heredar del largo periodo de gobiernos del PP, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de inmuebles vacíos propiedad del Ayuntamiento. Otra cosa es que exista un político a quien le interese realmente la aparición de un pensamiento crítico e independiente, o que sea capaz de ceder cuotas de poder a la sociedad sin interponer instrumentos de control.

(Continúa la semana que viene)


[1] Rueda de prensa del 22/01/2015 http://youtu.be/HyCOuVDaf4E
[2] http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/07/02/madrid/1404330114_604339.html
[3] http://antimuseo.blogspot.mx/2015/01/el-margen-como-espacio-de-apertura.html
[4] Plano del Matadero: http://www.mataderomadrid.org/mapa
[5] Por ejemplo la Red Bull Music Academy hace unos años.
http://www.mataderomadrid.org/ficha/993/red-bull-music-academy.html

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