jueves, 29 de enero de 2015

El margen como espacio de apertura radical

El texto que publiqué la semana pasada, titulado “¿Debemos abandonar toda esperanza…?”, (http://antimuseo.blogspot.com) ha suscitado una cuestión clave que algunas personas me han planteado por e-mail: ¿Por qué no llevar este debate a los círculos, ejes y mesas que han organizado Podemos y Ganemos?

La respuesta inmediata y obvia es porque ambos partidos son opciones de gobierno y yo no estoy proponiendo una alternativa política, sino una estrategia de negociación con el gobierno que haya, independientemente de su color. No es que gobernar esté mal, al menos en teoría y para quien quiera, pueda y sepa. Estaría mal para mí, que soy poco flexible y por tanto un mal político, y sobre todo porque me dedico al arte y no quiero hacer ninguna otra cosa. Y desde luego gane quien gane las sucesivas elecciones de 2015, y con más o menos recursos, seguiré haciendo lo mismo que he hecho siempre. Si puedo en mi ciudad, Madrid, si no donde me quieran acoger. Los artistas que han decidido contribuir a la construcción de estas formaciones han dado un paso muy valiente y sin duda su trabajo es valioso, pero como dice la célebre pieza de Jenny Holzer, “Protect me from what I want”. Un cargo electo o de designación política implica responsabilidades y servidumbres que van mucho más allá del arte, del arte político y de las políticas del arte. Suerte en todo caso.

Mi postura es y ha sido siempre otra: la independencia. He elegido como título una cita de la activista afroamericana bell hooks (así escribía su nombre, con minúsculas), porque su forma de entender la marginalidad ilustra perfectamente mi visión de los espacios independientes de arte y la manera en que debemos articular nuestra relación con las diferentes formas de poder político, cultural o académico:
Identifico la marginalidad como algo más que un lugar de carencia; de hecho digo lo contrario, que es también un sitio de posibilidad radical, un espacio de resistencia. Es esta marginalidad lo que estoy definiendo como el lugar central para la producción de discurso contra-hegemónico, que no se encuentra sólo en las palabras, sino en los hábitos y formas de ser, en la manera en que uno vive. Como tal, yo no estoy hablando de esa marginalidad que uno espera perder - renunciar a ella, derrotarla como parte de un movimiento hacia el centro - sino más bien como un sitio donde permanecer, incluso acercarse, porque alimenta nuestra capacidad de resistir. Nos ofrece la posibilidad de una perspectiva radical desde la cual ver y crear, imaginar alternativas, nuevos mundos. [1]
Pero mi posición respecto de las políticas culturales de Madrid quizás se comprenda mejor si hago un breve ejercicio de memoria.

En 2004 - 2005, hace ya diez años, había en Madrid una escena independiente vibrante y llena de energía: Liquidación Total, Los29Enchufes, Off Limits, que era continuación del Garaje Pemasa, The Art Palace, el Ojo Atómico, el incombustible Cruce… y otros que no me vienen ahora a la cabeza. Todos estos espacios se habían abierto sin apoyos públicos y más o menos de espaldas al mundo oficial del arte. Pero en aquel momento, por primera vez en la historia de nuestra ciudad, alguien, desde una institución, abrió una rendija para dialogar con nosotros: Juan Carrete cuando era director del Conde Duque. Lo que Juan quería en principio era que le aportásemos contenidos para este centro, y por supuesto nos iba a pagar por ellos. Pero creo que también por primera vez en nuestra ciudad dos de los colectivos, Liquidación Total y nosotros - el Ojo Atómico - pensamos que debíamos aprovechar ese momento de apertura para objetivos de un alcance mucho mayor que colocar nuestro proyectos y sacar algo de dinero: impulsar un sistema de apoyo a la creación, que estuviese abierto a todo el mundo y que se rigiese por normas transparentes. Y lo hicimos, de veras lo hicimos.

El primer paso fue organizar un encuentro en el que pudiésemos identificar al mayor número de posibles interlocutores y contrastar posiciones. Karin Ohlenschlaeger, que entonces estaba vinculada al Conde Duque con los proyectos Banquete y MediaLaB Madrid, nos ofreció su inestimable ayuda al encargarse de la organización de los encuentros, que finalmente se llamaron “Prácticas artísticas independientes de Madrid”. Durante años han estado las ponencias en la WEB de MediaLab, pero ahora no las encuentro. Se hicieron muchas reuniones y se invitó a mucha gente. Y surgieron posturas muy diferentes. Por ejemplo, para el Laboratorio, que era el centro okupa autogestionado con más proyección pública en aquel momento, la idea de un sistema de apoyo a la creación chocaba con los presupuestos participativos que han defendido siempre, y por tanto la rechazaron. The Art Palace era un espacio que funcionaba bajo la premisa de gasto cero / presupuesto cero, y funcionaba muy bien, por lo que tampoco se involucró en las negociaciones posteriores. Otros colectivos tenían proyectos de mayor envergadura en marcha, por ejemplo El Perro había inaugurado un par de años antes la primera edición de Madrid Abierto. Pero varios espacios y colectivos seguimos adelante y de ahí nacieron las ayudas de Intermediae, luego de Matadero, que han beneficiado a cientos, si no a miles, de creadores y gestores independientes de Madrid, incluidos algunos que en principio se opusieron o no tuvieron interés en apoyarlas. Y precisamente por eso podemos decir que el sistema que creamos era válido pese a todas sus limitaciones, porque las recibieron hasta los que no quisieron tomar parte en aquellas negociaciones.

Las ayudas de Intermediae las redactamos los representantes de varios colectivos en sucesivas reuniones con Juan Carrete. No recuerdo bien quiénes éramos: Liquidación, nosotros, los29enchufes, Cruce - a quienes incomprensiblemente negaron la ayuda en su primera convocatoria - Manuela Villa, creo que en representación de La Dinamo aunque en seguida se integró en el organigrama municipal, puede que la Enana Marrón… No importa. Éramos la sociedad civil negociando con el Ayuntamiento de Madrid gobernado por el Partido Popular. Esta misma negociación podría haberse conducido por un cauce político, a través de Izquierda Unida o de PSOE en el Pleno. Pero sin duda habrían desarrollado algo muy diferente, y además no creo que lo hubiesen sacado adelante. La principal diferencia estriba en que un partido político va a actuar pensando en su base electoral y haciendo equilibrios entre las distintas fuerzas que ejercen presión dentro de él. Las asociaciones de base lo hacemos pensando en el artista, que casualmente es el primero a quien sacrifican a la hora de diseñar las políticas culturales. Somos pocos y poco significativos, por tanto prescindibles. Nuestra propuesta original fue modificada en muchos puntos: nosotros queríamos que se dotase un millón de euros, y se quedó en algo más de 300.000; establecíamos modalidades para que no compitiesen los gestores con los artistas, cosa que al principio desestimaron pero que al cabo de un par de años tuvieron que incluir…

No hace falta decir que intentamos iniciar las mismas negociaciones con la Comunidad de Madrid, pero nos mandaron a tomar vientos, por decirlo de una manera suave.

Respecto a las propuestas políticas propiamente dichas, las de los partidos que se van a presentar a las elecciones locales en mayo, voy a incluir en esta serie de artículos entrevistas a las formaciones de izquierda, PSOE, IU, Podemos y Ganemos. Como cualquiera tengo mis preferencias, pero no me siento comprometido con ningún partido. Aunque los programas recién se están publicando y las elecciones aún quedan lejos, hay algunos lugares comunes que me preocupan. Por ejemplo el rechazo a las subvenciones, que se ha convertido en un soniquete que repica de izquierda a derecha. Vamos a ver, ¿qué subvenciones existen para los artistas, para los creadores en general — artistas visuales, compositores y músicos experimentales, escritores… —? Ninguna. En Madrid, creo que en casi toda España, no se apoya la creación, se apoyan los negocios que rodean y con frecuencia perjudican la creación. Están diciendo que van a acabar con algo que no existe: la cultura subvencionada. Quizás en lugar de usar el término maldito "subvención" debamos hablar de financiación pública de la cultura, pero al final nos vamos a encontrar igualmente con las normas de contratación y con la ley de subvenciones. Volveré sobre este punto otro día.

También es un tópico de amplios sectores de la izquierda que el arte es elitista, que hay que fomentar un arte popular. Primero deberíamos entender que el mundo del arte no es uno, que hay en él las mismas diferencias y conflictos que en el resto de la sociedad. Existe un arte que se dirige a élites económicas, desde luego, pero el 99% de los artistas son pueblo antes que élite y sus preocupaciones, angustias, miedos y aspiraciones, que es de donde brota la energía creativa, son las del pueblo. Si algunas manifestaciones del arte contemporáneo parecen complicadas de entender, quizás no se deba tanto a que son elitistas, sino a que estamos educando para no comprender. Ni el arte ni nada. Para acabar con el arte elitista lo que tenemos que hacer es mejorar la educación, no implementar desde las instituciones un arte popular o pretendidamente político que sustituya al que ya hay, que con sus aciertos y errores es finalmente el espejo donde la sociedad debe reconocerse, o dejar de hacerlo cuando nos toca dar un paso adelante en la historia.

Paradójicamente Jorge Lago de Podemos también afirma que “si no hay creación de vanguardia, no hay creación mainstream. Porque ésta es una copia y adapta a la otra.” [2] Desde luego, pero creo que es un error seguir pensando en oposiciones simples como alta y baja cultura, excelencia versus experimentación o vanguardia y tradición. En nuestro mundo las fronteras son difusas y las contradicciones no se explican mediante binomios. Si bien quizás haya una cultura hegemónica, que mueve miles millones al año y alcanza todos los rincones del planeta, no hay, ni siquiera a escala local, una cultura subalterna, sino miles, entremezcladas, interdependientes, conectadas de diferentes maneras con esa o esas hegemónicas, y que toman forma desde identidades antes que desde un supuesto sujeto proletario universal. Es lo que algunos sociólogos han llamado contrapúblicos.

En cualquier caso, y para terminar, de lo que estoy hablando no es de ganar las elecciones, de llegar a ser concejales o diputados en la Asamblea Autonómica de Madrid, creo que entre los artistas y gestores de base de Madrid puede haber muchas divergencias en este sentido, sino que como sociedad civil, como colectivo en un sentido amplio, seamos capaces de organizarnos para negociar con quien gane y promover un uso más equitativo y transparente de los recursos públicos. Recuperar nuestro espacio en el margen. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.


[1] (I) identify marginality as much or more that a site of deprivation; in fact I was saying the opposite, that it is also the site of radical possibility, a space of resistance. It was this marginality that I was naming as a central location for the production of a counter-hegemonic discourse that is not just found in words but in habits of being and the way one lives. As such, I was not speaking of a marginality one wishes to lose – to give up or surrender as part of moving to the center – but rather as a site one stays in, clings to even, because it nourishes one’s capacity to resists. It offers to one the possibility of radical perspective form which to see and create, to imagine alternatives, new worlds.
bell hooks
Choosing the margin as a space of radical openness.
Aunque hooks habla en pretérito lo traduzco en presente para facilitar la lectura.
[2] http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-05-30/jorge-lago-el-editor-que-movio-el-mensaje-de-podemos-pueblo-a-pueblo_138553/

jueves, 22 de enero de 2015

Debemos abandonar toda esperanza...?

Gabriel Celaya fue un poeta español del siglo XX. No forma parte de la generación del 27, aunque vivió en la Residencia de Estudiantes y fue el contacto con intelectuales como Federico García Lorca lo que despertó su vocación literaria. A partir de los años 50 se convirtió en el exponente más destacado de lo que se llamó entonces poesía comprometida. La poesía es una arma cargada de futuro, proclamaba uno de sus textos. Aunque publicó casi cien libros y recibió en Premio Nacional de las Letras Españolas en 1986, cuando murió en abril de 1991 se encontraba en la miseria. Su mujer, Amparo Gastón, tuvo que hacer pública esta situación para conseguir los recursos con que tratar su enfermedad.

Dos años después el primer local del Ojo Atómico abría sus puertas a sólo una calle de la casa donde murió el poeta. El escándalo por la situación Celaya aún resonaba en el mundo de la cultura y para mí tomaba la forma de una advertencia como la que leyó Dante en la entrada del Infierno: "Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate". Abandona toda esperanza, tú que entras al arte español.  Quizás deberíamos haber escrito esta frase sobre el gran portalón verde de aquel local, porque en aquellos tiempos, como en los actuales, dedicarse a la cultura en España suponía atravesar el umbral que conduce a la ciudad del llanto, al dolor eterno, al lugar donde sufre la raza condenada, por seguir con la Divina Comedia.

En realidad la cuestión en la primera etapa del Ojo Atómico no fue cómo establecer una relación con el sistema, y menos aún con las administraciones públicas, sino crear lo que entonces llamé una "zona de sombra". Un espacio autónomo, pero poroso, donde pudiéramos generar las condiciones de libertad creativa que una nueva generación de artistas estaba demandando. No se trataba por tanto de negociar, sino de ocultarse. De evitar las agresiones que podíamos esperar tanto de los estamentos poderosos en el mundo del arte como de los políticos. En vez de intentar tomar el poder, vaciarlo de contenido, negarle nuestra participación. Quitarle el sustento que tradicionalmente ha encontrado en nuestro trabajo e incluso en nuestro antagonismo.

Como posicionamiento en la cuestión de las políticas culturales, que es de lo que va a tratar este blog a lo largo de 2015, no resultó ser la opción más insensata, vistos los resultados que en los años posteriores han tenido las diferentes oleadas de negociación con el Ayuntamiento y Comunidad de Madrid o con el Ministerio de Cultura. Esconderse y operar al margen, sin gastar energía en batallas que no se pueden ganar, permitiría, hablo de manera teórica, desarrollar tejido social y cultural y/o crear para el arte un marco de referencia coherente con la sociedad. Este segundo punto es quizás menos obvio, pero resulta fundamental en un panorama como el español, donde la modernidad — o la postmodernidad — se ha construido eludiendo debates internos y succionando modelos ajenos sin someterlos a procesos críticos. Incluso en el muy cuestionable ámbito de la innovación artística —habría que ver dónde se pueden dar hoy en día las innovaciones cuando hablamos de artes visuales —hay mayores potencialidades en inventar un “afuera” del sistema que en la experimentación con y desde una obra de arte cuya estructura y límites están predeterminados por ese mismo sistema. Y menos aún en espacios establecidos por una institución que por su propia naturaleza, y pese a los disfraces que adopta, es reaccionaria y ofrece siempre una gran resistencia al cambio.

Sin embargo a los pocos años el problema se me planteó en otros términos: mantener un centro de arte autónomo consume recursos. Tiempo de trabajo, dinero para materiales, montajes o transportes, costes ineludibles como la electricidad… Las personas que promueven este tipo de espacios se someten en realidad a una doble imposición fiscal. Deben pagar los impuestos "oficiales", pero además aportan otra cantidad a fondo perdido, no importa cuánto, para que determinados sectores de la población disfruten de un derecho que está recogido en la constitución y en diversos compromisos internacionales suscritos por el estado español: la cultura. Por otra parte, el retorno de actividades improductivas como la experimentación artística, la investigación científica o el activismo político y social es difícil de cuantificar, pero sin duda existe y se distribuye a toda la sociedad. El voluntarismo de los artistas y de los que hace años nos empezamos a llamar “agentes independientes” financia algo que la sociedad necesita: la renovación de los lenguajes visuales que usamos para reconocernos, para redefinir nuestras identidades, para expresar las transformaciones y conflictos que sufre una comunidad, desde la compleja versatilidad de la imagen y con las herramientas intuitivas y emocionales que el arte nos proporciona.

Por tanto, renunciar a la negociación política, a la negociación sobre las políticas culturales, supone aceptar una forma de saqueo, pues los recursos que aportamos — IRPF, IVA, tasas municipales, impuestos especiales sobre la gasolina, las bebidas alcohólicas o la electricidad… — no revierten en la realización de nuestro derecho a la cultura ni en una redistribución de los costos de la innovación cultural, sino que los políticos o bien los aplican de manera arbitraria, o bien roban estos recursos, como hemos podido comprobar en los últimos años. Y debemos pensar que la corrupción no es exclusiva de los políticos, porque sin la cooperación de elementos de la sociedad civil — empresarios culturales, gestores, curadores, artistas… — difícilmente se podría consumar el expolio.

El debate sobre políticas culturales en Madrid ha tenido siempre un perfil muy bajo. Los gobiernos del Partido Popular, en el Ayuntamiento desde 1991 y en la Comunidad desde 1995, no han facilitado desde luego la participación de la sociedad en la toma de decisiones, y creo que de manera especial en lo que se refiere a la cultura, pues tradicionalmente han considerado a los artistas e intelectuales como afectos al enemigo. El hermetismo de las instituciones ha tenido otro efecto, que sin duda también era buscado por el partido en el poder: el tejido creativo de Madrid apenas ha podido desarrollarse, porque la falta de recursos y la frustración han asfixiado a espacios alternativos, centros autónomos, asociaciones, plataformas, festivales, o cualesquiera otras iniciativas generadas desde la base de la sociedad.

El panorama que podemos apreciar hoy en la cultura de Madrid es el de la desolación que dejan más de 20 años perdidos. Por un lado instituciones gigantes que no producen cultura y consumen recursos ingentes — Matadero, CentroCentro — y por otro una sociedad poco articulada que al menos en el campo que yo conozco, las artes visuales, apenas ha acumulado experiencia debido a la poca permanencia de los proyectos que han ido impulsando las sucesivas generaciones. El puente entre una y otra siempre se rompe y hay que reiniciar todos los procesos desde cero.

Los gobiernos del Partido Popular en Madrid han favorecido las iniciativas de tipo empresarial, empresas de gestión como La Fábrica o Urroz Projects, y por otro lado ARCO, la única feria del mundo de titularidad pública, es decir, la única donde los contribuyentes financiamos con nuestros impuestos la cuenta de resultados de las galerías. Y este apoyo a la actividad empresarial, que tiene como fin la realización de beneficios, se ha hecho en detrimento de las iniciativas de carácter estrictamente artístico, que tienen como objetivo la experimentación y el desarrollo de nuevos modelos de trabajo creativo, es decir, la producción de un conocimiento nuevo, la mayoría de las veces sin expectativas de rentabilidad alguna.

La aparición de Podemos ha trastornado la agenda cultural autocomplaciente de los partidos convencionales. Éste es un hecho positivo en sí mismo, porque obliga a los partidos de izquierda — PSOE e IU — a reconsiderar muchas de las posiciones que vienen arrastrando desde hace décadas, hablo siempre de políticas culturales, y es posible que unos buenos resultados en las elecciones, si llegan a presentarse a las locales de mayo de 2015, obligue a estas formaciones a iniciar un proceso de apertura y refundación que nos beneficiaría a todos.

El momento para abrir el debate es ahora. La incertidumbre sobre lo que va a ocurrir dentro de pocos meses deja a los políticos en una situación de debilidad que la sociedad civil debe aprovechar para obtener compromisos. Para ocupar terrenos que tras las elecciones ya no van a seguir siendo tan accesibles. Por una vez estaría bien que las diferentes asociaciones, plataformas y “pandillas” del mundo del arte de Madrid dejen “lo suyo” a un lado y piensen en crear estructuras legales que a la larga nos beneficien a todos: un sistema de apoyo a la creación, adelgazamiento de las instituciones, quizás un consejo de las artes, normas de transparencia, derechos de exposición (tarifas) para los artistas, regulaciones fiscales y de la seguridad social adecuadas a nuestras particularidades, etcétera, etcétera. Las reivindicaciones no han cambiado mucho desde los años 70. ¿Quién nos lo impide?