miércoles, 22 de junio de 2016

LA PIRÁMIDE VS. EL MÓVIL

LA GRAN TRANSFORMACIÓN DE LAS POLÍTICAS CULTURALES



La proximidad del verano, y de un no menos caliente periodo postelectoral, es una buena oportunidad para hacer un receso, un tiempo de análisis y autocrítica, en los procesos colectivos que se detonaron hace ya diez meses, tras el Encuentro de Organizaciones de Artistas, y que han tomado cuerpo en la Plataforma por el Fondo para las Artes de Madrid. Somos ahora 41 asociaciones y colectivos autogestionados, y más de 150 particulares. El tejido cultural de Madrid es más amplio, por supuesto, pero también es cierto que nunca ha habido una convergencia de estas dimensiones en la cultura de nuestra ciudad y comunidad autónoma.

Esta propuesta, el Fondo, consiste simplemente en un sistema de apoyo a la creación como los que hay en el resto de Europa, en todas las grandes ciudades y entidades equivalentes a nuestras autonomías. Un sistema público, reglado, consensuado con el tejido creativo al cual se dirige, que apoye la creación en todos sus ámbitos y que fomente la auto-organización de los creadores para el desarrollo de sus propios medios de producción y distribución. Un sistema que sepa establecer criterios actualizados y realistas, que apueste por la experimentación, por una cultura que no se ve a sí misma como negocio. Que sirva para que los creadores podamos desarrollar nuestras carreras, insertarnos en los circuitos internacionales que nos interesan, pues no hay sólo uno ni son todos iguales, y trabajar con libertad, cosa que no ha sido tan frecuente en Madrid.

La peculiaridad del Fondo que nosotros proponemos es que es interadministrativo. Es decir, es un presupuesto que aportan el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, convenio de por medio, para coordinar su acción y evitar duplicidades en unas políticas que se dirigen prácticamente al mismo cuerpo social, dado que el 50% de la población de la Comunidad vive en la capital, y prácticamente toda la actividad cultural tiene lugar aquí, con independencia de que haya artistas que viven en otros municipios. Un fondo en el que participen varias administraciones nos proporcionaría además estabilidad. Sabemos que un programa municipal de subvenciones puede desaparecer con la misma velocidad que apareció, como ocurrió con las extintas Ayudas de Matadero. Pero la liquidación del Fondo exigiría que una de las administraciones implicadas asuma el papel del malo, para decirlo de una manera sencilla, y deje a la otra el del bueno.

Idealmente el Fondo debería incluir otras administraciones: municipios de la Comunidad de Madrid, donde el tejido creativo es débil, pequeño, pero que está destinado a alcanzar mayor protagonismo en el futuro, y por supuesto el gobierno central. Creo que incluso el Ayuntamiento de Madrid podría asumir, al menos al principio, convocatorias que alcancen a otros municipios de la región. También en un mundo ideal el Fondo llegaría a ser una Fundación pública, lo cual reforzaría su independencia y estabilidad, y permitiría captar recursos de la iniciativa privada. Sobre todo si hubiese una ley de mecenazgo. Pero ése es un mundo ideal. En nuestro mundo real Madrid tiene un retraso de 30 años en sus políticas culturales y la situación de los creadores es desesperada en todos los ámbitos. Por tanto, la propuesta del Fondo está hoy por hoy sobre las mesas del Ayuntamiento y la Comunidad.

Hay también bastantes personas, artistas y gestores culturales incluidos, que están en contra de las subvenciones. Creo que es conveniente detenerse en este punto. La mayoría de las personas creen que hay una subvención siempre que se transfiere dinero público a la sociedad civil, a particulares. Esto no es exacto. La subvención es un instrumento específico para hacer este tipo de transferencia, sujeto a una ley estatal. Pero las administraciones públicas también contratan, por ejemplo, y lo pueden hacer a dedo hasta cierta cantidad, y por concurso público a partir de ese límite. La subvención es un marco legal para que el acceso a los recursos públicos sea transparente y controlado. En mi experiencia, que no es corta, quienes rechazan las subvenciones es porque prefieren que los recursos públicos se asignen a dedo. Pongo por ejemplo a Esperanza Aguirre cuando hablaba de mamandurrias mientras a su alrededor se extendían las redes de Gürtel, Púnica…

Muchas personas en el mundo de la cultura están acostumbradas a acceder a los recursos públicos gracias a sus contactos. Y esto es algo que debe acabar. Por la dignidad de la cultura y sus trabajadores, hay que tapiar la “puerta trasera”. Una cosa es la autonomía de los centros de arte y demás instituciones culturales y su libertad para invitar (contratar) a artistas, curadores, críticos, conferenciantes… y otra es que la participación de la sociedad en el desarrollo de las políticas culturales se base en los contactos personales de cada cual. Es más, cuando hablamos de cultura subvencionada como una cultura sometida a los intereses partidistas, controlada con el grifo del dinero público, nos estamos refiriendo más bien a este fenómeno, donde la necesidad de “llevarse bien” con los altos cargos y sus asesores para acceder a los recursos tiene como contrapartida la docilidad y la ausencia de crítica.

Personalmente me sorprendió, cuando en mayo del año pasado asistí a la presentación del programa de cultura de Podemos para la Comunidad de Madrid, su rechazo expreso a las subvenciones a la cultura. Sin embargo las políticas culturales, donde las subvenciones son un instrumento más, tienen como principal objetivo corregir las desviaciones del mercado y compensar la desigualdad social. Esto afecta tanto a las subvenciones que se destinan a la creación como las que reciben los partidos políticos, por poner un ejemplo. Nadie se ha pronunciado jamás contra estas últimas, claro, y sabemos que sin ellas los que tienen más dinero jugarían con enorme ventaja, aunque tuviesen menos votos. El nombre es feo y la ley estatal un desastre, pero no son las subvenciones las que someten el trabajo de intelectuales y artistas a intereses políticos, sino la arbitrariedad en el uso de los presupuestos que pagamos entre todos. Si no hay un marco legal, nada impide a los gobernantes beneficiar a sus afines y marginarnos a los que somos críticos. Y lo que reclamamos desde la Plataforma, lo repetiré, es ese marco legal de un sistema público de apoyo a la creación y la autogestión, reglado y consensuado con el tejido creativo al cual se dirige. Uno de los objetivos del Fondo es mejorar el procedimiento, en cuanto a los plazos, burocracia, etc.

Desde este punto de vista las políticas culturales deben enfocarse a promover las manifestaciones que asumen mayores riesgos, las que por su propia naturaleza experimental no apuntan hacia un retorno económico, sino a la producción de saberes nuevos. El 15M nos ofreció una gran enseñanza: la forma de gobernar ha cambiado, o al menos debe cambiar. La sociedad quiere y debe participar de manera activa en el desarrollo de las políticas; ya no nos conformamos con depositar el voto y esperar que los políticos y sus equipos técnicos lo hagan más o menos bien. Creo que en la cultura esto es esencial, que es inherente a cualquier trabajo relacionado con la cultura.

Hace pocos días participé como invitado en el segundo Congreso de Prensa Cultural de la Fundación Santillana. Su director, Basilio Baltasar, expresó este cambio mediante una imagen que incorporé inmediatamente a mi charla: la pirámide versus el móvil de Alexander Calder. El sistema que hemos vivido, hablo de la política cultural, tenía forma piramidal. En la cúspide, los responsables políticos y sus gabinetes: ministros de cultura, consejeros, concejales… Ellos diseñaban las líneas de acción a seguir y los contenidos de la cultura. Debajo, las instituciones públicas y los funcionarios especializados se encargaban de materializar las decisiones políticas a través de diversos programas. Luego, los creadores, que debían moverse en la estrecha franja asignada por los responsable políticos, con mucho cuidado de no salirse de directrices y contenidos diseñados en despachos. Y en la base, la sociedad, entendida como un público pasivo, una audiencia que recibe desde lo alto los beneficios de la cultura.

Pero el mundo actual no es así. El ecosistema cultural se parece más a un móvil de Calder, compuesto por una infinidad de piezas con distintas formas y colores, dotadas de movilidad, adaptables a una realidad cambiante. En esta imagen, un objetivo de las políticas culturales debería ser mantener las piezas conectadas entre sí y unidas a la compleja estructura que es hoy en día la sociedad.

Volviendo al Fondo, el camino que hemos recorrido hasta aquí no ha sido fácil. La Comunidad de Madrid rechazó la idea en la primera reunión, en enero de este año, y cerró la puerta a futuras negociaciones. Y hemos tardado 10 meses en sentarnos con el Ayuntamiento, para descubrir que de alguna manera hemos caminado en paralelo hasta llegar a un punto de encuentro. Sin perder mi desconfianza en las instituciones públicas, y sin olvidar que estamos en campaña electoral y nos ofrecen su mejor perfil, creo que el Ayuntamiento de Madrid ha asumido la complejidad del tejido creativo de la ciudad y la necesidad de abrir el desarrollo de las políticas culturales a los distintos agentes que lo forman. Nosotros, como Plataforma, pero sobre todo en la diversidad de nuestros proyectos, queremos colaborar en construcción de un gran proyecto cultural para Madrid, al igual que otros muchos colectivos. Y parece que al fin se abren los espacios de diálogo que lo harán posible.

Y esta nueva situación permite también poner el foco donde realmente está el problema: la Comunidad de Madrid. Porque lo que la mayoría de los madrileños no sabe es que es la Comunidad quien tiene la responsabilidad del estímulo a la creación y de implementar un sistema de apoyo como el que estamos reclamando. La tiene desde que se aprobó la ley de transferencia de competencias en cultura, en 1985. Transferencia de competencias que implica una transferencia de recursos. Es fabuloso que el Ayuntamiento quiera apoyar la cultura, pero es un escándalo que la Comunidad no quiera hacerlo.

La Comunidad ha incumplido sistemáticamente el mandato legal que recogen tanto su estatuto como esta ley. Lo ha hecho siempre, lo hace ahora, y no quiere dejar de hacerlo. Además, la Comunidad de Madrid sigue aferrada al sistema piramidal, donde la sociedad tiene el papel de mera comparsa. Es más, en la reunión que mantuvimos en enero con los responsables de la Dirección General de Promoción de la Cultura, nos explicaron que el procedimiento para colaborar con la Comunidad es “escribir un email a Javier”. Sobran los comentarios.

La negativa del gobierno de Cristina Cifuentes a iniciar un diálogo con la sociedad, con el tejido creativo, con quienes hacemos la cultura de Madrid a base de esfuerzo y sacrificio, sólo nos deja una vía política: presentar el proyecto a la comisión de cultura de la Asamblea de Madrid, y confiar en que los diputados de Podemos, PSOE y Ciudadanos hayan comprendido que a partir de ahora el diseño y la ejecución de las políticas culturales lo haremos entre todos.

La respuesta, en septiembre.

Quieres leer la propuesta del Fondo: https://goo.gl/o08jZq
Quieres apoyarla: http://goo.gl/forms/UxfEAemDZF

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