jueves, 5 de febrero de 2015

Qué espacios de arte necesita Madrid?

Madrid no necesita un centro de arte estrella. Ya tenemos bastante con el Reina (que quizás funciona pero es un monstruo), con Matadero o CentroCentro, (que sin duda son monstruos y no funcionan) o con el CA2M, que ni siquiera se sabe bien lo que es. Ya hay suficientes espacios de ocio cultural, que como antaño las iglesias proporcionan a su público el opio amable de una experiencia estética carente de aguijones críticos. Que sustituyen el riesgo de la experimentación por un saber académico verdaderamente estéril. Que no nos confrontan con nosotros mismos, con los mitos que nos sujetan al poder y que muchas veces celebramos sin querer. No necesitamos otro espectáculo, fuegos artificiales, inauguraciones suntuosas donde el arte sólo es el marco ideal para que los políticos se hagan la foto.

Los gobiernos de Madrid, el de la Comunidad Autónoma y los de todas las ciudades y pueblos que la integran, empezando por la capital, deben apoyar la apertura y el desarrollo de espacios gestionados por la sociedad civil, recuperar el trabajo que tantas personas hemos realizado a contracorriente desde finales de los 80 y apoyarse en él para impulsar una nueva política cultural que no se base más en el modelo del parque temático gigante, sino en una estructura dispersa, guerrillera, heterogénea en sus posicionamientos y contenidos. El museo diseminado en la ciudad. Lo micro frente a lo macro. No sólo se hará mejor arte, no sólo se llegará a muchos más sectores de la sociedad, no sólo se estimulará la creatividad, sino que será infinitamente más barato que mantener edificios de miles de metros cuadrados, con amortizaciones exhorbitantes por su construcción o rehabilitación y gastos millonarios en calefacción, seguridad, limpieza y sueldos. Sueldos que en muchas ocasiones tienen más de prebenda política que de retribución por un trabajo altamente cualificado. Ejemplo, asesores con 6.000 euros al mes más dietas, como en su momento hubo en la Comunidad de Madrid (las dietas porque no eran de Madrid, claro, ¿para qué necesitas que un asesor de cultura conozca la ciudad?).

La experiencia está. Sólo hay que recordar lo que han aportado y aportan a esta ciudad Espacio P, Estrujenbank, El Legado Social de Def con Dos, el Ojo Atómico/Antimuseo, Cruce, Circo Interior Bruto, Garaje Pemasa, Liquidación Total, La Enana Marrón, Off Limits, Espacio Naranjo, y un largo etcétera. O en otros formatos, proyectos editoriales como Brumaria o La Más Bella, por citar dos radicalmente distintos, pero que han sabido mantenerse a flote durante más de 20 años. O los proyectos casi inasibles de performance en espacio público, desde los tiempos de Pedro Garhel a la Revista Caminada, o las sutiles inscripciones de Isidoro Valcárcel Medina en la piel de Madrid. Es un derroche de trabajo, imaginación y talento que se ha realizado durante tres décadas largas al margen del mercado y las instituciones, aunque paradójicamente es esta energía la que a mantenido a flote el precario perfil creativo de la capital. Sin todo lo que nosotros hemos hecho y hacemos, nuestra ciudad tendría ahora el mismo pulso artístico que la terminal de un aeropuerto.

Los espacios independientes de arte son esenciales. Sobre todo en esta era de relaciones desmaterializadas y mediadas por tecnologías que pertenecen a corporaciones multinacionales. Porque, cito aquí al arquitecto griego S. Stavrides, debemos comprender que el espacio no es un mero contenedor de la sociedad, sino un elemento formativo de las prácticas sociales [y culturales]. Imaginar un futuro distinto significa por tanto que intentemos experimentar y conceptualizar espacialidades que puedan contribuir a crear relaciones sociales diferentes. De poco sirven estas experiencias trasladadas a los museos — debo añadir — porque éstos llevan en su ADN el gen disciplinario del Estado.

Como he dicho antes, la experiencia existe, las redes permanecen, las ideas aguardan vibrantes en nuestras cabezas. La energía contenida, reprimida, perseguida durante los 30 años de gobiernos del PP, no se ha extinguido. Una generación tras otra nos hemos lanzado contra el mismo muro, pero la verdad es que nunca conseguimos derribarlo. La cultura en Madrid se ha gestionado de una manera opaca, arbitraria y sospechamos que corrupta.

Hoy todos presentimos que estamos en momentos de cambio, pero el cambio debe ser profundo. No basta con substituir a directores de museos, consejerías o áreas de gobierno. Al contrario que en el dicho popular, tendríamos distintos perros con los mismos collares. Pero son precisamente esos collares los que hay que desechar (con sus canes incluidos, claro). No basta con pronunciar vagos lineamientos progresistas para la cultura, reivindicar el derecho, la horizontalidad, la transversalidad y la participación. Hay que dar la palabra a la sociedad. Pero la sociedad no habla con una sola voz. Si queremos escuchar la polifonía de un mundo sometido a grandes  presiones, debemos evitar que se instituya un nuevo poder centralizado en la cultura.

Este debe ser un objetivo prioritario para las asociaciones y colectivos que forman la base creativa de Madrid. El poder, sea cual sea su cara, tiende a instituir hegemonías porque su esencia es el dominio. Para regenerar el tejido creativo de Madrid debemos organizarnos y planear estrategias que nos permitan contrarrestar esa previsible deriva. La mayoría no debe sofocar las voces de las minorías, porque precisamente es la aceptación de las minorías lo que da sentido a la democracia. Y también porque la mayoría nunca es tal, por el contrario, es un cuerpo social vivo y contradictorio que todos compartimos y rechazamos al mismo tiempo. Si queremos que en nuestra ciudad el arte y la cultura jueguen un papel que transcienda a lo social y a lo político, debemos crear los instrumentos de diálogo necesarios para que las instituciones no vuelvan a usurpar el lugar de la sociedad civil en la creación.

1 comentario:

  1. Tomás:
    COMENTARIOS A TU ARTÍCULO ¿QUÉ ESPACIOS DE ARTE NECESITA MADRID?
    Muy buen análisis, lo mismo se puede aplicar para México y para, más bien, todos los países. La cultura ha caído en un ente dominado por esa que llamas el poder que se ha institucionalizado en un grupo minúsculo de vividores que simulan estar preocupados por el quehacer cultural, pero que apoyan un mercado del arte convertido hoy, y por la misma definición de mercado, en un conjunto de transacciones de procesos o acuerdos de intercambio de bienes o servicios entre individuos o asociaciones de individuos pero en el peor sentido de la definición. Ahora el mercado del arte es como vender metros cuadrados de terrenos o barriles de petróleo, donde la preocupación mayor es encontrar un comprador que adquiera obra a cifras extratosféricas, y eso no tiene nada que ver con el quehacer artístico. En México la promoción cultural o las políticas culturales las deciden un grupo que se ha apoderado de puestos y que tratan de mantenerlos a toda costa contratando a los artistas consumados o aceptados por el mercado. La búsqueda de nuevos talentos, el apoyo al desarrollo cultural comunitario se ha dejado como tarea secundaria, o más bien, como una tarea no obligatoria y por tanto abandonada.
    Urge que haya otra visión del quehacer cultural, en efecto.

    Muchos saludos,

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